“Cinco horas”

Tardó en irse cinco horas. Realmente fue muy rápido, pero al menos pudo despedirse. Cuando todo pasó, la veló hasta que se la llevaron a la iglesia, no se separó ni un minuto de su madre, pero también estuvo exactamente cinco horas con su monólogo, y no pudo evitar recordar la célebre obra que no solo había leído, sino que también había visto representada en el teatro, y que tanto le marcó.LAS 5 RELOJ
Ella, siempre ella, con esa ambivalencia de amor-odio hacia su propia madre. Y no, ninguna era un monstruo, simplemente consecuencia y fruto de una época y generación que a todos condiciona, se quiera o no admitir. Cuando dejó de respirar, le mudó en una décima de segundo la cara, ya no era quien le había traído a este mundo, era como un muñeco de cera, pero su hija tuvo agallas de dirigir todo el trámite y por supuesto, respetar hasta la última coma de su última voluntad, incluso sobre cómo quería que se le expusiese en el féretro, y es que algo de lo que rehuye la mayoría de la gente, su madre lo trataba con normalidad y en muchas ocasiones, con repetición hasta el punto de rozar la pesadez extrema. Cosas de la edad, pensaba sistemáticamente su hija.

Incluso tuvo la frialdad de maquillarla, sin saber siquiera que estaba supliendo a la tanatoestética, es más, fue entonces cuando descubrió que existía ese oficio. Y ya con esa puesta en escena, como en “Cinco horas con Mario”, se sentó al otro lado de la luctuosa cristalera, esa que parece una enorme vitrina, y muy pasada la medianoche, cuando se fue todo el mundo, comenzó a hacerle preguntas, las que nunca le había respondido, pero no porque no hubiese existido el interrogatorio, o porque no se hubiese querido responder a ellas, simplemente porque la falta de entendimiento fue tal, que jamás se pudo entablar un racional diálogo sin que acabara en discusión, según la edad, más o menos virulenta, pero siempre con el mismo frustrante final. Y claro, el desentendimiento, hasta a veces el desapego y la ausencia de comunicación se enquistó hasta el fin de sus días.

La miró, y cuando comenzaba su segundo paquete de pañuelos de papel, no sin antes haberse puesto gotas en sus ojos para calmar la irritación, a modo de indagatoria, inició su bombardeo de preguntas, preguntas que a medida que iba formulando, le liberaban más y más y más:

 “Dime mamá ¿por qué siempre fuiste tan asfixiante? Sí, ya sé lo que me vas a decir, preguerra, guerra y postguerra, blablalá, penurias y más penurias que condicionaron tu infancia y adolescencia, pero dime: ¿no te parece egoísta no haberte planteado que todo ello no podía, no debía repercutir en mí? Sí, también lo sé, todo lo has hecho con muy buena fe, por encima de todo has querido ser madre, pero como siempre te he dicho y nunca has querido escuchar, ser mejor madre no es eso.

 Y dime: ¿por qué esa gran diferencia de roles, esa gran diferencia de trato? , ellos siempre haciendo lo que literalmente les daba la gana, yo hiper controlada hasta el insoportable y continuo agobio. Sí, ya sé: era lo que imperaba, pero te diré lo que también te he repetido hasta la saciedad y tampoco has querido escuchar jamás, porque ¿sabes? realmente siempre he creído que te importaba un comino mi opinión. En casa la única que mandaba era la de los hombres. Sé lo mucho que te condicionó no solo la época y aquéllos aciagos años, sino tu padre, esa figura masculina que sobresalía por encima de todo, pero también he querido “educarte” y tú te rebotabas como una hidra. Sí, sí, ¡educarte! porque no solo se educa de padres a hijos, cuando a lo largo de la biografía de cualquiera de nosotros se han sucedido tantos cambios políticos y sociales, a veces, se deben invertir los términos, y quienes no pudisteis tener la formación que con tanto esfuerzo y con nuestra férrea voluntad, nos facilitasteis y pudimos alcanzar, necesariamente también nos hemos convertido en educadores, y ¡fíjate! en mi generación hemos sido hijos, padres de nuestros hijos y padres y madres de nuestros padres y madres, un chollo como verás, pero, no, nunca lo has querido admitir. 

 Y ¿por qué nunca hemos podido hablar de intimidades? ¿Sabes por qué? Porque yo siempre esperaba mi retahíla de reproches. Cuando ansiaba lo contrario, solo recibía tozolones y al final, una se encierra en su caparazón que va formando capas y capas, y más capas… Nadie es culpable mamá, nadie elige dónde ni cuándo nacer, pero al menos con tolerancia y apertura de miras, con un tira y afloja, sí hubieran podido llegar a sintonizar generaciones absolutamente dispares como las nuestras. Pues no, no lo hemos conseguido y tampoco he visto que tuvieras intención de hacerlo, porque tendrás que admitir aunque solo sea en una sola ocasión, que siempre has querido llevar la razón, o tal vez nunca has sido consciente de tus múltiples cortapisas y limitaciones. Realmente me decanto por esto último, por eso te doy toda la razón en que jamás ha habido mala fe… “

  Al alba llegó un familiar muy cercano para sustituirla:

 ¿Pero es que no quieres echarte ni una hora?  -le preguntó-.

 No, aunque no haya dormido me siento tan descansada como si lo hubiera hecho. Gracias.

Y es que por fin pudo sentir que el aire le llegaba al estómago, pudo controlar su respiración, aunque desdichadamente hubiese alcanzado tan deseado objetivo sin obtener respuestas reales, pero el desahogo, soltar todo lo que durante tanto tiempo llevaba interiorizado, y soñar que sus preguntas fueron atendidas, le curó definitivamente.

Actualmente se habla de una generación perdida (muy lamentable, muchísimo), pero se comparten aficiones, inquietudes, se puede dialogar sin tapujos. Vaya todo mi ferviente reconocimiento a una generación cuyos componentes han ejercido de hijos, de padres y también de padres y madres de los suyos. Ellos, nosotros, no tendremos otros padres y supongo, solo supongo, que será lo mejor.

@angels_blaus