“Cinco horas”

Tardó en irse cinco horas. Realmente fue muy rápido, pero al menos pudo despedirse. Cuando todo pasó, la veló hasta que se la llevaron a la iglesia, no se separó ni un minuto de su madre, pero también estuvo exactamente cinco horas con su monólogo, y no pudo evitar recordar la célebre obra que no solo había leído, sino que también había visto representada en el teatro, y que tanto le marcó.LAS 5 RELOJ
Ella, siempre ella, con esa ambivalencia de amor-odio hacia su propia madre. Y no, ninguna era un monstruo, simplemente consecuencia y fruto de una época y generación que a todos condiciona, se quiera o no admitir. Cuando dejó de respirar, le mudó en una décima de segundo la cara, ya no era quien le había traído a este mundo, era como un muñeco de cera, pero su hija tuvo agallas de dirigir todo el trámite y por supuesto, respetar hasta la última coma de su última voluntad, incluso sobre cómo quería que se le expusiese en el féretro, y es que algo de lo que rehuye la mayoría de la gente, su madre lo trataba con normalidad y en muchas ocasiones, con repetición hasta el punto de rozar la pesadez extrema. Cosas de la edad, pensaba sistemáticamente su hija.

Incluso tuvo la frialdad de maquillarla, sin saber siquiera que estaba supliendo a la tanatoestética, es más, fue entonces cuando descubrió que existía ese oficio. Y ya con esa puesta en escena, como en “Cinco horas con Mario”, se sentó al otro lado de la luctuosa cristalera, esa que parece una enorme vitrina, y muy pasada la medianoche, cuando se fue todo el mundo, comenzó a hacerle preguntas, las que nunca le había respondido, pero no porque no hubiese existido el interrogatorio, o porque no se hubiese querido responder a ellas, simplemente porque la falta de entendimiento fue tal, que jamás se pudo entablar un racional diálogo sin que acabara en discusión, según la edad, más o menos virulenta, pero siempre con el mismo frustrante final. Y claro, el desentendimiento, hasta a veces el desapego y la ausencia de comunicación se enquistó hasta el fin de sus días.

La miró, y cuando comenzaba su segundo paquete de pañuelos de papel, no sin antes haberse puesto gotas en sus ojos para calmar la irritación, a modo de indagatoria, inició su bombardeo de preguntas, preguntas que a medida que iba formulando, le liberaban más y más y más:

 “Dime mamá ¿por qué siempre fuiste tan asfixiante? Sí, ya sé lo que me vas a decir, preguerra, guerra y postguerra, blablalá, penurias y más penurias que condicionaron tu infancia y adolescencia, pero dime: ¿no te parece egoísta no haberte planteado que todo ello no podía, no debía repercutir en mí? Sí, también lo sé, todo lo has hecho con muy buena fe, por encima de todo has querido ser madre, pero como siempre te he dicho y nunca has querido escuchar, ser mejor madre no es eso.

 Y dime: ¿por qué esa gran diferencia de roles, esa gran diferencia de trato? , ellos siempre haciendo lo que literalmente les daba la gana, yo hiper controlada hasta el insoportable y continuo agobio. Sí, ya sé: era lo que imperaba, pero te diré lo que también te he repetido hasta la saciedad y tampoco has querido escuchar jamás, porque ¿sabes? realmente siempre he creído que te importaba un comino mi opinión. En casa la única que mandaba era la de los hombres. Sé lo mucho que te condicionó no solo la época y aquéllos aciagos años, sino tu padre, esa figura masculina que sobresalía por encima de todo, pero también he querido “educarte” y tú te rebotabas como una hidra. Sí, sí, ¡educarte! porque no solo se educa de padres a hijos, cuando a lo largo de la biografía de cualquiera de nosotros se han sucedido tantos cambios políticos y sociales, a veces, se deben invertir los términos, y quienes no pudisteis tener la formación que con tanto esfuerzo y con nuestra férrea voluntad, nos facilitasteis y pudimos alcanzar, necesariamente también nos hemos convertido en educadores, y ¡fíjate! en mi generación hemos sido hijos, padres de nuestros hijos y padres y madres de nuestros padres y madres, un chollo como verás, pero, no, nunca lo has querido admitir. 

 Y ¿por qué nunca hemos podido hablar de intimidades? ¿Sabes por qué? Porque yo siempre esperaba mi retahíla de reproches. Cuando ansiaba lo contrario, solo recibía tozolones y al final, una se encierra en su caparazón que va formando capas y capas, y más capas… Nadie es culpable mamá, nadie elige dónde ni cuándo nacer, pero al menos con tolerancia y apertura de miras, con un tira y afloja, sí hubieran podido llegar a sintonizar generaciones absolutamente dispares como las nuestras. Pues no, no lo hemos conseguido y tampoco he visto que tuvieras intención de hacerlo, porque tendrás que admitir aunque solo sea en una sola ocasión, que siempre has querido llevar la razón, o tal vez nunca has sido consciente de tus múltiples cortapisas y limitaciones. Realmente me decanto por esto último, por eso te doy toda la razón en que jamás ha habido mala fe… “

  Al alba llegó un familiar muy cercano para sustituirla:

 ¿Pero es que no quieres echarte ni una hora?  -le preguntó-.

 No, aunque no haya dormido me siento tan descansada como si lo hubiera hecho. Gracias.

Y es que por fin pudo sentir que el aire le llegaba al estómago, pudo controlar su respiración, aunque desdichadamente hubiese alcanzado tan deseado objetivo sin obtener respuestas reales, pero el desahogo, soltar todo lo que durante tanto tiempo llevaba interiorizado, y soñar que sus preguntas fueron atendidas, le curó definitivamente.

Actualmente se habla de una generación perdida (muy lamentable, muchísimo), pero se comparten aficiones, inquietudes, se puede dialogar sin tapujos. Vaya todo mi ferviente reconocimiento a una generación cuyos componentes han ejercido de hijos, de padres y también de padres y madres de los suyos. Ellos, nosotros, no tendremos otros padres y supongo, solo supongo, que será lo mejor.

@angels_blaus

 

 

 

 

“Cuando sea mayor quiero ser Mary Beard”

bici en jardín

El título del post es uno de los elogios sobre la autora que cito, (Mary Beard), transcrito al principio de su libro: “Mujeres y Poder”; libro que he leído en una mañana y me ha encantado. Lo divide en dos partes, que titula: “La voz pública de las mujeres”, y: “Mujeres en el ejercicio del poder.”

Al hilo de su lectura, me asaltan, una vez más, consabidas reflexiones porque resulta curioso el planteamiento de algunos de la generación Z, planteamiento carente de empatía (y remarco el “algunos”); conste que como madre lo vivo bien de cerca, vamos, que no es algo extraño para mí.

Digo esto porque cuando surgen ciertos temas que enfocan a modo de batalla (lo que me resulta muy desagradable), me dicen: “¿por qué tiene que pagar mi generación los errores del pasado?” y creo que ese no es el encuadre. La autora que inspira este post incide en el momento histórico a partir del cual las mujeres ya pudieron votar y es que cuando nos referimos al presente no podemos obviar cómo se miden los tiempos en la historia. Parece que todo esté ganado comparado con ese largo pasado y no es así: queda mucho camino por recorrer. Para alcanzar la necesaria equidad hay que asentar medidas que son las que no agradan a muchos o a quienes les resultan incomprensibles, por eso antes hablaba de falta de empatía. Lo cierto es que para llegar a las imprescindibles cotas de igualdad hay que remover muchas mentalidades, no siempre conscientes por otro lado, y claro, eso incomoda.

Empieza la autora poniendo el primer ejemplo documentado (en la tradición literaria occidental), de un hombre haciendo callar a una mujer en público, se refiere al comienzo de la Odisea de Homero y lo ilustra con fotografías de un vaso ateniense que muestra a Penélope junto a su telar. A continuación, hay una viñeta de hace apenas treinta años, sobre el ambiente sexista en una sala de juntas donde la única mujer es identificada como “señorita Triggs”.

En suma, que va haciendo un repaso histórico de cómo a las mujeres se les ha privado de voz o cómo se ha cuestionado su aptitud para hablar en público, pero también destaca algo muy presente con ejemplos literarios: el “no nos callarán”, la postura relativa a la comunicación más allá de la voz, porque vuelve a la cultura clásica y a la mitología griega y narra cómo Filomela, aun habiéndole cortado la lengua su propio violador, pudo tejer su horror en un tapiz y de esa manera denunció semejante crimen.

Finalmente, cuando trata de casos de mujeres en el ejercicio del poder, efectivamente se señala lo que tantas veces escuchamos, leemos y vemos: el aspecto o la chanza que surge y lo ejemplifica con imágenes de rostros de políticas superpuestas a “La cabeza de Medusa” de Caravaggio, para acabar incidiendo en algo que debemos compartir y es que no es fácil encajarnos en una estructura con una codificación previa y determinada, por eso, lo que hay que cambiar es esa estructura.

Creo que poco a poco se va consiguiendo, pero cuando me refería al principio a determinados debates que se avivan entre la generación Z (lo que sigue chocándome), no hay que olvidar que ese largo pasado no se ha resuelto en el corto presente, de ahí que no esté de acuerdo con simplificarlo todo con esa queja que antes trascribía: “¿por qué tiene que pagar mi generación los errores del pasado?” y repito que en mi opinión, ese no es el planteamiento. Así que tenemos que seguir teniendo paciencia con las miras puestas en que la mitad de las voces del planeta se puedan escuchar y no solo escuchar.

Me llamo Minerva.

Me llamo Minerva y soy puta. Así comenzaba este nuevo periplo de quien realmente se llamaba Carmen G.G. Sus terapias comenzaban el ciclo de grupales y lo que ella creía que solo ocurría en las películas cuando veía reuniones de alcohólicos anónimos, resulta que era auténtico.

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Cuando era pequeña era la nena, y en verdad, siempre fue solo nena. Tuvo un yo verdadero, fuerte, altivo, poderoso, pero jamás se lo dejaron mostrar. Primero estuvo sometida a su padre, después a su hermano, más tarde a su primer novio, a los siguientes, a su marido, hasta que tras su divorcio, tuvo otro novio que acabó siendo su chulo.

Carmen o Minerva, tanto daba a esas alturas en las que ya no sabía quién era, aunque siempre supiera quién hubiera querido ser, era una mujer esbelta, rotunda, pero no consiguió brillar con luz propia. Siempre hubo alguien o algo que la oscureció. Cuando conoció al novio que se convertiría en marido, la introdujo en ambientes para ella totalmente desconocidos, hasta que se acostumbró. Para ellos era frecuente el intercambio de parejas, el consumo de sustancias… Hasta que un día despertó y tuvo la osadía de alejarse para siempre de él y de ese ambiente. Pasó un tiempo prudencial, ese tan necesario que los expertos calculan en un año de duelo, y a partir de ahí, de nuevo se enfrentó al mundo, ilusionada, creyendo que esta vez sí pisaría fuerte, pero Carmen era fruto de su época y no pudo sobreponerse a ella.

Diez años después de nacer, explotó el mayo francés, el famoso “Mayo del 68”, y aunque todo empezó a verse de otra manera, lo cierto es que en esa España del 600 todavía quedaba mucho por andar, de manera que como mujer, siempre estuvo sombreada por algún hombre, y cuando creyó salir de ese enjambre tóxico de orgías e intercambios en el que su marido le había introducido y superó su luto, conoció al que pensó que sería el hombre de su vida. Y es que a Carmen siempre le sucedía lo mismo: el último que conocía era quien creía que sería el definitivo. Se ilusionaba en un pispás, entregaba todo y más, y luego venía el castañazo. Realmente todo se debía a su candidez innata, siempre fue una incauta y nunca terminó de madurar. Así que se lanzó en brazos del último adonis que resultó más bien ser todo un adán en sentido amplio. Mentiras y más mentiras, pura fachada. Se gastó sus pocos ahorros y ese falso adonis la terminó explotando.

Tenía treinta y tres años, la edad de Cristo como le recordaba siempre su madre. En 1991 todavía se lloraban muchos muertos a causa de la heroína y también a causa del sida. Fue como una auténtica epidemia. Había sido una década de caballos salvajes, de apuestas de kamikazes pijos que, ciegos y puestos hasta arriba, circulaban contradirección por la carretera de La Coruña de Madrid. No se supo gestionar aquéllos aires de ansiada libertad, o tal vez sí. Tal vez fue tanta la represión que era necesario el desmadre, necesario montar a lomos de potros enloquecidos para dejarse mecer sin límites; quizás fue eso lo que sucedió. Como cuando en una familia el hijo que más reprimendas ha recibido, el que más internados ha tenido, después, es quien más se desmadra porque no sabe organizar ni administrar esa libertad que siempre le han mutilado.

Lo cierto es que terminó la década del caballo pero continuó la “bakalaera”, y Carmen, trasformada en Minerva, pasó a frecuentar las discotecas de la “ruta del bakalao” de su Valencia natal, aquellas en las que el día se juntaba con la noche, y una fiesta con otra y otra y otra. Todo ello, merced a su falso adonis, que era ya su chulo adán. Aquélla ruta, visto ahora con perspectiva, da terror, pero vivido en caliente era todo frenético, no había tiempo para pensar. Minerva tenía el trabajo asegurado. Si ya no montaba a lomos de caballos desbocados que la transportaban a otros universos, esos en los que se dejaba llevar por su marido y más parejas en círculos alternativos, ahora ejercía otro tipo de equitación, igualmente impuesta.

Así vivió hasta los primeros años del nuevo siglo, pero un buen día, se hartó de que la obligaran a ejercer de jinetera versión nacional. Le costó un mundo salir, le costó un mundo dejar a su falso adonis a quien finalmente tuvo que denunciar y ha tardado más de diez años en desintoxicarse de todo y todos.

Hoy ha recuperado su yo, ese yo que siempre estuvo oculto, eclipsado entre familiares, novios, marido, adonis, adanes, rocines, jamelgos, potros y rutas. Ahora ayuda a otras a salir y tras recibir protección, apoyo y mucha terapia, hoy en su reunión grupal mensual, ya ha podido comenzar de otro modo: “Me llamo Carmen y he sido puta”.

@angels_blaus

Tras haber leído en su día, y ahora releído este artículo de María Gavilán, les invito a que lo hagan ustedes. Y termino adjudicándome con su permiso, el mismo final: “Los seres humanos no somos mercancías ni objetos de usar y tirar”.

“La prostitución: esto no va de sexo”.

La vieja agenda.

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Ella estaba hecha unos zorros cuando le reencontró y él lo mismo. Aquello de que polos opuestos se atraen, no se corresponde con una ciencia exacta porque en este caso, ambos estaban para el arrastre como coloquialmente se dice, vamos que ambos estaban en el mismo polo lóbrego. Pero todo, absolutamente todo, funcionó como si de un conjuro se hubiese tratado, se volvieron a encontrar en el momento exacto y en el lugar exacto y además, para idéntico cometido.

  A Luz se le escapaba la vida y a él también. A ella se le esfumaba porque tenía el alma enferma. Y ¿a él? A él porque tenía su cuerpo mortalmente herido ¡Qué curioso que se llamara Luz!, porque es lo que a ambos les faltaba y lo que ambos se ofrecieron. Durante un tiempo breve pero intenso, se retroalimentaron y nuevamente fueron tornasoles, como antaño, cuando en plena juventud vivieron como si no hubiese un mañana. Otra vez se encontraban para respirar y sentir del mismo modo, porque ahora el pasado no podía existir y solo podía haber presente, ahora ya no había ayer ni mañana, como muchos años antes.

  Una noche oscura para Luz, buscando recuperar su brillo y poder nuevamente hacer honor a su nombre, tiró de su vieja agenda. Enjugándose la pena y tragando saliva y rabia, la desempolvó y la abrió ¡Dios santo!, hoy que ya no se llevan estos cachivaches, que todo es electrónico, pensó para sus adentros, pero mira por donde aún la conservaba y así pudo recordar a viejos amigos, y a él concretamente, le pudo rescatar. Fue el reencuentro de un alma marchita sin luz y de un cuerpo enfermo que pese a ello, todavía brillaba, y de esa fusión nació para ambos una aventura que supuso para ella, olvidar la enfermedad de su esencia, y para él, aparcar la suya que invadía ya todo su cuerpo. Una unión perfecta si no fuese por esa otra maldición. book

Y gracias a su polvorienta agenda, se concertó una cita para la que Luz se arregló como casi ya no recordaba. No necesitaba ayuda externa, solo ánimo y un buen espejo, a ser posible con cristal de aumento porque la presbicia ya no perdonaba.

 En el mismo armario en el que encontró la agenda, también halló ese tipo de espejo, uno que utilizaba su madre para depilarse las cejas cuando ella era pequeña, y que cuando aquella lo dejaba, con tremenda curiosidad lo utilizaba, se miraba y al verse tan aumentado su diminuto rostro, hasta se mareaba. ¿Por qué utilizará mi madre este maldito espejo que a mí me da angustia? es lo que se cuestionaba cada vez que su madre lo aparcaba en la mesa tras esa rutina semanal depilatoria, maniobra por cierto, que por entonces tampoco entendía. Con esos recuerdos infantiles que le surgían de tanto en tanto como destellos, también revivió cómo en su adolescencia entendió por qué su madre se depilaba las cejas y ya en su madurez, comprendió por qué utilizaba un espejo que de pequeña le provocaba arcadas ¡Y tanto que lo entendió!

  Dispuesta a emanar lo que su nombre propio indicaba, se puso delante de ese espejo, y comenzó un ritual olvidado, y ya con una mascarilla en su rostro, entró en la ducha. Se había comprado un gel que destilaba el mismo aroma que la loción corporal y el perfume. Esa fragancia con la que él en aquél tiempo, casi llegaba a enloquecer. Se trataba de un perfume clásico y mientras se duchaba lentamente, le invadió ese vapor perfumado y con él, bellísimos y excitantes recuerdos. Salió de la ducha, se embadurnó con aquélla crema untuosa y roció su cuerpo entero a golpe de perfume. No le importó ser desmesurada, no sabía cuándo lo iba a volver a utilizar siguiendo el mismo ceremonial.

     Cuando su piel absorbió todos los mejunjes, se puso el vestido que se había comprado para tan emocionante encuentro. Era un vestido azul verdoso, ajustado y escotado. Se atusó su larga melena, puso su cabeza boca abajo y al levantarse, con sus dedos la revolvió con ímpetu, le encantaba la melena leonada, como si pareciese despeinada. Guardó la agenda en el armario de donde la sacó y junto a ella su nueva ilusión, se puso sus tacones, cogió su bolso, cerró bien la casa y se marchó con el corazón agitado.

    Le dijo al taxista dónde le debía llevar, y cuando faltaba muy poco, con el espejito que siempre llevaba en el bolso e intentando controlar su turbación, se retocó. Pagó al taxista, bajó, y con paso firme, avanzó hacia el lugar donde habían quedado. Le reconoció a lo lejos, se fundieron en un abrazo y vibraron.

     Tras aquella noche, hubo varias en las que ambos fueron uno. Jamás lo olvidaría; ya no volvió a sentir esa congoja que supone tener un alma dolorida. De nuevo su actitud hacía honor a su nombre y él, desde otra dimensión, siguió irradiando lo que jamás volvería a desaparecer: Luz.

 

@angels_blaus

 

Clifford, mi gran perro rojo.

 

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CLIFFORD 13/04/2007- 13/11/2017

 Junio 2007.

 Mis hijos eran pequeños, a principios de año habíamos adoptado uno abandonado. En absoluto estaba previsto compaginar niños tan pequeños nada menos que con dos perros, mi trabajo y tantas otras tareas. Ya jugábamos con sus padres cuando coincidíamos con ellos y su dueña en el parque, le conocimos en la barriga de su madre, cuando descubrimos la buena nueva al verla tan gordita. Él fue el guarino, el tercero y más pequeño de la camada, y… Nos conquistó.

   ¡Qué locura! ¡Otro perro cuando el primero todavía era un cachorro! Pero nos decidimos y ahora doy gracias. ¿Cómo le llamaremos? Mi hija, por entonces, a menudo veía una serie de dibujos animados muy conocida que le encantaba y cuyo protagonista era un perro rojo gigante, tan grande como tierno. Lo tuvo claro:

“Se llamará Clifford, mamá”.

 Diantres, pensé, cuando vaya al veterinario y le diga el nombre… Vamos, la antítesis a los de toda la vida: Toby, Chispa, Chiqui, Rocky, pero bueno, siempre tendría una explicación cuando me preguntasen:

 “¿Cómo?

 Sí hombre, como la serie de dibujos animados, la del perro rojo gigante”.

  Desde el principio tuvo muy clara la jerarquía establecida. Había llegado el último y el boss era el otro. Entre tantas anécdotas que lo confirman, por ejemplo, siempre comía después, nunca utilicé dos cuencos, guardaban estricto turno, jamás hubo problemas, y cuando paseaban siempre hacían “panda”. Que el otro (el peleón y desconfiado), se envalentonaba, allá estaba Clifford de apoyo y refuerzo y por la calle hacía honor a su nombre, porque una bolita que llegó a pesar ocho kilos, se crecía y crecía y a nadie ni nada temía. En esos momentos, siempre pensaba que mi hija no pudo elegir mejor nombre para él.

 Fue juguete viviente, peluche, se dejaba disfrazar, mis hijos le ponían su gorro de Papá Noel en Navidad y en casa era tal cual: un peluche; silencioso, nada follonero, cariñosísimo, tranquilo, pero eso se transformaba cuando salía a pasear porque entonces cambiaba de color y tamaño, como el de los dibujos animados o como Hulk, pero en lugar de color verde, era rojo.  Era el primero en recibirnos, el último en despedirnos,  sabía y entendía perfectamente cuándo se venía o cuándo se quedaba.

 No podemos devolverle toda la lealtad que hemos recibido, su eterna e infalible compañía, su inmenso y constante agradecimiento, su mirada limpia y profunda, esos ojos que hablaban, su colita que, como siempre repetíamos, parecía una zanahoria, tan expresiva, esa que delataba tristeza, alegría o estado de alerta, tan característica de los West Highland white terrier (terrier blanco de las tierras altas del oeste de Escocia) raza de personalidad muy marcada. No podemos, pero sí podemos dejar nuestro testimonio y nuestro pequeño homenaje.

    Hace poco recordaba a mi tía Elvira aquí: París, siempre nos quedará París.   ,uno de esos relatos que tanto me gustaba escribir contigo a mis pies, pues escucha: cuando entre nubes, ella, con su maleta clásica, esa del Rastro, viaje a París, la acompañaremos, como si viviésemos una de las aventuras de Tintín y Milú, al que por cierto, tanto te parecías.

  Así que, Clifford, mi gran perro rojo gigante, has dejado un vacío también gigante pero del mismo tamaño es y será nuestro recuerdo. Concedo un gran valor a nuestro último año porque la providencia quiso que lo disfrutásemos como nunca.

 Hasta siempre Clifford, espérame entre nubes, esas tan blancas como tú, sé que lo harás. Gracias infinitas por tanto recibido a cambio de tan poco: tu cuenco con tu segundo turno, tu agua limpia, tus revisiones y tus paseítos.

 Se acortó tu agonía, se dulcificó tu partida. Hasta siempre mi pequeño gran perro.

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                          @angels_blaus

Mi pequeño gran titán.

 TITÁN- Frankfurt

Seguro que todos hemos conocido gente que parecía gigante, hurgas y todo filfa y al revés, sin olvidar por supuesto, a quienes son lo que parecen, tal cual. Pero volviendo a esos otros, con ambos te llevas la gran sorpresa, con los primeros por decepción, con los segundos, por grato descubrimiento y admiración.

Así era Miguel. Siempre fue el clásico sabio despistado, ese espécimen que parece que no esté pero siempre está, quien pasa desapercibido por ausencia aparente y consciente aunque siempre esté presente. Así era él.

 Tenía grandes aspiraciones pero jamás alardeaba de sus planes y proyectos y a la chita callando, “chino chano” avanzaba. Siempre prefirió ser cabeza de ratón a cola de león y a menudo recordaba una de las Fábulas de Esopo: la de la cigarra y la hormiga, porque él emulaba a esta última y mientras, muchas cigarras, que las más de las veces procrastinaban, veían cómo se afanaba en llenar su especial alacena, cómo devoraba libros, cómo nunca saciaba su voraz apetito intelectual.

 Con el paso de los años, esas cigarras le envidiaron, algunas le admiraron, y otras, simplemente le olvidaron, pero todo eso a Miguel le daba exactamente igual, él avanzaba, siempre avanzaba. Aunque no se descubriese a primera vista, era duro como una roca, trabajador incansable, lector impenitente, culto hasta decir basta si es que a alguien se le puede poner límite a semejante virtud.

  Pero la vida también le apaleó ¿quién no ha sufrido golpes?, se preguntaba, y él solo, a sí mismo se contestaba, quizá para consolarse. Tal vez, solo tal vez, en muchas ocasiones hubiese querido lanzar esa pregunta al universo y que fuese el universo quien se la devolviera con voz de mujer, tal vez… Pero él prefería seguir mirando al frente, sin más planteamiento que su absorbente trabajo y su dedicación y entrega a esa parte de su familia que la vida no le había arrebatado, la que quería conservar por encima de su propio bienestar. No quería lamentos, y si los tenía, siempre se le representaban a solas, o en lo más recóndito de su alma, esa que nunca o casi nunca quería mostrar. Reservado hasta la médula ¿por qué iba a hacer públicos sus momentos de desazón?, se volvía a cuestionar, y de nuevo, ¡ay! le asaltaba la fantasía: “Lanzaré otra vez la pregunta al universo y me la devolverá con nombre de mujer… Pero tal vez, solo tal vez”.

Eran ideas o pensamientos tan sumamente fugaces que apenas los retenía en su memoria, o al menos, eso creía. Trabajó en lugares distintos, y en todos, siempre fue hormiga, siempre cabeza de ratón, siempre avanzó con paso firme y cumpliendo con su deber. Finalmente pudo empezar a disfrutar de esa etapa que indefectiblemente tiene que llegar, de lo contrario ya se sabe cuál es la alternativa y esa… Esa ni mentarla. Es verdad que peinaba más canas, que su piel no era la misma, pero también que ello comenzaba a compensarle. Es el yin y el yang, el trueque existencial, la dualidad, esas fuerzas tan opuestas como complementarias: la vida te quita y la vida te da, solo hay que esperar.

 Gozaba de plena serenidad, ya era más prescindible para quienes fue durante mucho tiempo insustituible, se miraba más, se cuidaba más, se tocaba más, se quería más. Y en ese momento de éxtasis y plenitud vital, el universo, ese universo al que lanzaba preguntas y nunca le devolvía respuestas, de forma absolutamente inesperada, le correspondió y se las restituyó todas, una a una, sin olvidar ninguna. Quizá en esa concreta etapa le resultaba hasta casi indiferente que la voz tuviese género, pero sorprendentemente sí lo tuvo, de modo que el cosmos le devolvió esa voz, la misma que había escuchado tantas preguntas, y a veces, aunque le ruborizase admitirlo, también lágrimas y hasta llantos, y de golpe, cual genio invocado por Aladino, aparecieron en torrente todas y cada una de esas respuestas, secadas todas y cada una de sus lágrimas y callados sus llantos.

Hoy ha descubierto que lo que creía que no había retenido, lo tiene grabado en su memoria y esos pensamientos que creía fugaces, los tiene impresos a fuego. Ahora esa hormiguita hercúlea escribe pensamientos y reflexiones con la inmensa serenidad que le ofrece la veteranía y con la ilusión de dejar ese legado a los suyos.hormigas

 

La vida te quita y la vida te da,  solo hay que esperar.

Recordando a tantos… A quienes descubren porque más vale tarde que nunca, que es un error creer que tras el nido vacío ya no hay vida. Recordándole a él, a ella, a ti y a Ud. A quienes de repente descubren que no son invisibles y quieren exprimir hasta la última gota de su jugo.

A los gigantes escondidos,

a los Hércules agazapados.

A los auténticos colosos.

                                                                                  @angels_blaus

 

Quisiera ser tan alta como la luna.

LUNA

 Cuando Marina era pequeña, y vivía en un país en blanco y negro, más negro que blanco, solo existían regiones, después ya sabemos cómo pasaron a denominarse y cuando jugaba, sobre todo lo hacía en la calle. Saltaba a la comba, a la goma, o hacía un poco el bruto con el “churro, mediamanga, manga entera”, en el que solía deslomarse o deslomaba, ahí no había medias tintas, o castigabas lumbares ajenas o te castigaban las propias, pero ¿y lo que se disfrutaba?

  En clase y a la hora del recreo, las chicas solían jugar a juegos de chicas, como las tabas o los cromos, pero a la niña del blanco y negro, más negro que blanco, lo que más le gustaba era cantar y así, con sus amigas quedaba en su casa, que para eso era la más grande y con múltiples escondites donde poder divertirse con intimidad. Se las ingeniaban con el artilugio de madera que utilizaba su madre para hacer allioli en el mortero, e imaginaban que era un micrófono, y con ese teatrillo montado, palo de mortero en mano, cuando era un retaco y soñaba con ser alta, muy alta, cantaba:

Quisiera ser tan alta como la luna,
¡ay, ay!, como la luna, como la luna;
para ver los soldados de Cataluña,
¡ay, ay!, de Cataluña, de Cataluña.

 Con el paso de los años, mira por donde, se convirtió en una mujer alta, muy alta para su generación, y cuando recordaba la letra de esa canción no acababa de entender su significado. Tal vez lo único que se buscaba era su rima, o que fuese pegadiza, pero no podía evitar preguntarse: ¿qué tiene que ver ser alta para ver a los soldados de Catalunya? Y buceando, averiguó que es una canción muy antigua y que su letra podría guardar relación con la Guerra de Sucesión, que ya sabemos cómo terminó.

 En alguna época, la letrilla y esa cantinela le martillearon el cerebro y cuando sentía ese mazazo, una mezcla de sentimientos se le entrecruzaban. ¡Maldita sea! siempre defendió que tenía la mejor costa del país, y que particularmente, una de sus provincias era la más maravillosa, provincia que le traía gratos recuerdos, hasta el punto que de tanto en tanto, le asaltaba un perfume a tramontana que jamás olvidaría.

 Pero durante un tiempo le invadió la desolación, rabia, indignación, tristeza, impotencia, porque a menudo le atrapaban ideas fragmentadas. Ella que siempre había tenido pensamientos íntegros, no le cabía la parte, jamás pensó en porciones, tenía en su ADN un mapa absolutamente definido, con márgenes y fronteras que no le cabían por ningún otro lado. Sentimientos que eran recurrentes, como así era esa situación que no sabía canalizar, ella, tan optimista siempre, ¿Iba a permitir que se le apoderase el pesimismo? ¿Iba a consentir que su vida fuese otra vez en blanco y negro, más negro que blanco? No lo podía asumir, era imposible que quienes podían remediarlo no lo remediasen, no cabía mayor despropósito, pero cada vez se metía en un túnel más y más profundo y oscuro…

   Marina despertó sudorosa y con taquicardia, hiperventilaba, su ritmo cardíaco era tal que tuvo una sensación horrorosa. Se frotó los ojos, se incorporó muy lentamente de aquella maravillosa cama, separó su melena de la nuca, estaba empapada, procuró no despertar a su compañero que dormía plácidamente, y confirmó ya con los pies en el suelo, que se trató de una horrible pesadilla.

  Agosto de 2020: Marina sigue disfrutando de sus paradisíacas vacaciones en su hotel, tiene una habitación con vistas, las mejores, no quiere otras. Desde su ventana se deleita con su cala preferida en Begur: Aiguablava. Su compañero sigue relajado con su clásico libro entre manos, ella prefiere el ebook y de vez en cuando ojea Twitter: la vida transcurre con normalidad, alguna que otra mala noticia, como siempre, pero nada alarmante. Menos mal que lo de esta noche ha sido una terrible pesadilla, pensó. Hacía muchos años que no las tenía.

  Tranquilidad, relax. En 2021 volverán al mismo hotel, estará todo en el mismo lugar y harán el mismo recorrido, tal vez hagan alguna escapada a la costa azul, ¡tienen tan cerca La Jonquera!

  Finaliza el verano de 2020, ¡el tiempo pasa volando! ya han hecho la reserva para el próximo año: 2021, y volverán renovados a sus destinos, como es habitual. Todo fue un mal sueño tan absurdo que hasta le dio vergüenza comentárselo a su compañero, él sigue leyendo apaciblemente. Marina no puede evitar asomarse cada dos por tres a su ventana con vistas, cuando su retina se recrea con ese azul verdoso, único e incomparable, a veces, hasta se le escapa alguna lágrima… Pero ¡bueno! ¿A qué viene emocionarse? Y habla sola. No te preocupes Marina: llora, ríe ¡Siente!

                                                                  @angels_blaus