“Cuando sea mayor quiero ser Mary Beard”

El título del post es uno de los elogios sobre la autora que cito, (Mary Beard), transcrito al principio de su libro: “Mujeres y Poder”; libro que he leído en una mañana y me ha encantado. Lo divide en dos partes, que titula: La voz pública de las mujeres y Mujeres en el ejercicio del poder.

Al hilo de su lectura, me asaltan una vez más consabidas reflexiones porque resulta curioso el planteamiento de algunos de la generación Z, planteamiento carente de empatía (y remarco el “algunos”); conste que como madre lo vivo bien de cerca, vamos, que no es algo extraño para mí.

Digo esto porque cuando surgen ciertos temas que enfocan a modo de batalla (lo que me resulta muy desagradable), me dicen: “¿por qué tiene que pagar mi generación los errores del pasado?” y creo que ese no es el encuadre. La autora que inspira este post incide en el momento histórico a partir del cual las mujeres ya pudieron votar y es que cuando nos referimos al presente no podemos obviar cómo se miden los tiempos en historia. Parece que todo esté ganado comparado con ese largo pasado y no es así: queda mucho camino por recorrer. Para alcanzar la necesaria equidad hay que asentar medidas que son las que no agradan a muchos o a quienes les resultan incomprensibles, por eso antes hablaba de falta de empatía. Lo cierto es que para llegar a las imprescindibles cotas de igualdad hay que remover muchas mentalidades, no siempre conscientes por otro lado, y claro, eso incomoda.

Empieza la autora poniendo el primer ejemplo documentado (en la tradición literaria occidental), de un hombre haciendo callar a una mujer en público y se refiere al comienzo de la Odisea de Homero y lo ilustra con fotografías de un vaso ateniense que muestra a Penélope junto a su telar. A continuación hay una viñeta de hace apenas treinta años, sobre el ambiente sexista en una sala de juntas donde la única mujer es identificada como “señorita Triggs”.

En suma, que va haciendo un repaso histórico de cómo a las mujeres se les ha privado de voz o cómo se ha cuestionado su aptitud para hablar en público pero también destaca algo muy presente con ejemplos literarios: el “no nos callarán”, la postura relativa a la comunicación más allá de la voz porque vuelve a la cultura clásica y a la mitología griega y narra cómo Filomela aun habiéndole cortado la lengua su propio violador, pudo tejer su horror en un tapiz y de esa manera denunció semejante crimen.

Finalmente, cuando trata de casos de mujeres en el ejercicio del poder, efectivamente se señala lo que tantas veces escuchamos, leemos y vemos: el aspecto o la chanza que surge y lo ejemplifica con imágenes de rostros de políticas superpuestas a “La cabeza de Medusa” de Caravaggio, para acabar incidiendo en algo que debemos compartir y es que no es fácil encajarnos en una estructura con una codificación previa y determinada, por eso, lo que hay que cambiar es esa estructura.

Creo que poco a poco se va consiguiendo, pero cuando me refería al principio a determinados debates que se avivan entre la generación Z (lo que sigue chocándome), no hay que olvidar que ese largo pasado no se ha resuelto en el corto presente, de ahí que no esté de acuerdo con simplificarlo todo con esa queja que antes trascribía: “¿por qué tiene que pagar mi generación los errores del pasado?” y repito que en mi opinión, ese no es el planteamiento. Así que tenemos que seguir teniendo paciencia con las miras puestas en que la mitad de las voces del planeta se puedan escuchar y no solo escuchar.

Me llamo Minerva.

Me llamo Minerva y soy puta. Así comenzaba este nuevo periplo de quien realmente se llamaba Carmen G.G. Sus terapias comenzaban el ciclo de grupales y lo que ella creía que solo ocurría en las películas cuando veía reuniones de alcohólicos anónimos, resulta que era auténtico.

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Cuando era pequeña era la nena, y en verdad, siempre fue solo nena. Tuvo un yo verdadero, fuerte, altivo, poderoso, pero jamás se lo dejaron mostrar. Primero estuvo sometida a su padre, después a su hermano, más tarde a su primer novio, a los siguientes, a su marido, hasta que tras su divorcio, tuvo otro novio que acabó siendo su chulo.

Carmen o Minerva, tanto daba a esas alturas en las que ya no sabía quién era, aunque siempre supiera quién hubiera querido ser, era una mujer esbelta, rotunda, pero no consiguió brillar con luz propia. Siempre hubo alguien o algo que la oscureció. Cuando conoció al novio que se convertiría en marido, la introdujo en ambientes para ella totalmente desconocidos, hasta que se acostumbró. Para ellos era frecuente el intercambio de parejas, el consumo de sustancias… Hasta que un día despertó y tuvo la osadía de alejarse para siempre de él y de ese ambiente. Pasó un tiempo prudencial, ese tan necesario que los expertos calculan en un año de duelo, y a partir de ahí, de nuevo se enfrentó al mundo, ilusionada, creyendo que esta vez sí pisaría fuerte, pero Carmen era fruto de su época y no pudo sobreponerse a ella.

Diez años después de nacer, explotó el Mayo francés, el famoso Mayo del 68, y aunque todo empezó a verse de otra manera, lo cierto es que en esa España del 600 todavía quedaba mucho por andar, de manera que como mujer siempre estuvo sombreada por algún hombre, y cuando creyó salir de ese enjambre tóxico de orgías e intercambios en el que su marido le había introducido y superó su luto, conoció al que pensó que sería el hombre de su vida. Y es que a Carmen siempre le sucedía lo mismo: el último que conocía era quien creía que sería el definitivo. Se ilusionaba en un pispás, entregaba todo y más, y luego venía el castañazo. Realmente todo se debía a su candidez innata, siempre fue una incauta y nunca terminó de madurar. Así que se lanzó en brazos del último Adonis que resultó más bien ser todo un adán en sentido amplio. Mentiras y más mentiras, pura fachada. Se gastó sus pocos ahorros y ese falso adonis la terminó explotando.

Tenía treinta y tres años, la edad de Cristo como le recordaba siempre su madre. En 1991 todavía se lloraban muchos muertos a causa de la heroína y también a causa del sida. Fue como una auténtica epidemia. Había sido una década de caballos salvajes, de apuestas de kamikazes pijos que, ciegos y puestos hasta arriba, circulaban contradirección por la carretera de La Coruña de Madrid. No se supo gestionar aquéllos aires de ansiada libertad, o tal vez sí. Tal vez fue tanta la represión que era necesario el desmadre, necesario montar a lomos de potros enloquecidos para dejarse mecer sin límites; quizás fue eso lo que sucedió. Como cuando en una familia el hijo que más reprimendas ha recibido, el que más internados ha tenido, después, es quien más se desmadra porque no sabe organizar ni administrar esa libertad que siempre le han mutilado.

Lo cierto es que terminó la década del caballo pero continuó la “bakalaera”, y Carmen, trasformada en Minerva, pasó a frecuentar las discotecas de la “ruta del bakalao” de su Valencia natal, aquellas en las que el día se juntaba con la noche, y una fiesta con otra y otra y otra. Todo ello, merced a su falso adonis, que era ya su chulo adán. Aquélla ruta, visto ahora con perspectiva, da terror, pero vivido en caliente era todo frenético, no había tiempo para pensar. Minerva tenía el trabajo asegurado. Si ya no montaba a lomos de caballos desbocados que la transportaban a otros universos, esos en los que se dejaba llevar por su marido y más parejas en círculos alternativos, ahora ejercía otro tipo de equitación, igualmente impuesta.

Así vivió hasta los primeros años del nuevo siglo y un buen día se hartó de que la obligaran a ejercer de jinetera versión nacional. Le costó un mundo salir, le costó un mundo dejar a su falso adonis a quien finalmente tuvo que denunciar y ha tardado más de diez años en desintoxicarse de todo y todos.

Hoy ha recuperado su yo, ese yo que siempre estuvo oculto, eclipsado entre familiares, novios, marido, adonis, adanes, rocines, jamelgos, potros y rutas. Ahora ayuda a otras a salir y tras recibir protección, apoyo y mucha terapia, hoy en su reunión grupal mensual, ya ha podido comenzar de otro modo: “Me llamo Carmen y he sido puta”.

@angels_blaus

Tras haber leído en su día, y ahora releído este artículo de María Gavilán, les invito a que lo hagan ustedes. Y termino adjudicándome con su permiso, el mismo final: “Los seres humanos no somos mercancías ni objetos de usar y tirar”.

“La prostitución: esto no va de sexo”.

La vieja agenda.

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Ella estaba hecha unos zorros cuando le reencontró y él lo mismo. Aquello de que polos opuestos se atraen, no se corresponde con una ciencia exacta porque en este caso, ambos estaban para el arrastre como coloquialmente se dice, vamos que ambos estaban en el mismo polo lóbrego. Pero todo, absolutamente todo, funcionó como si de un conjuro se hubiese tratado, se volvieron a encontrar en el momento exacto y en el lugar exacto y además, para idéntico cometido.

  A Luz se le escapaba la vida y a él también. A ella se le esfumaba porque tenía el alma enferma. Y ¿a él? A él porque tenía su cuerpo mortalmente herido ¡Qué curioso que se llamara Luz!, porque es lo que a ambos les faltaba y lo que ambos se ofrecieron. Durante un tiempo breve pero intenso, se retroalimentaron y nuevamente fueron tornasoles, como antaño, cuando en plena juventud vivieron como si no hubiese un mañana. Otra vez se encontraban para respirar y sentir del mismo modo, porque ahora el pasado no podía existir y solo podía haber presente, ahora ya no había ayer ni mañana, como muchos años antes.

  Una noche oscura para Luz, buscando recuperar su brillo y poder nuevamente hacer honor a su nombre, tiró de su vieja agenda. Enjugándose la pena y tragando saliva y rabia, la desempolvó y la abrió ¡Dios santo!, hoy que ya no se llevan estos cachivaches, que todo es electrónico, pensó para sus adentros, pero mira por donde aún la conservaba y así pudo recordar a viejos amigos, y a él concretamente, le pudo rescatar. Fue el reencuentro de un alma marchita sin luz y de un cuerpo enfermo que pese a ello, todavía brillaba, y de esa fusión nació para ambos una aventura que supuso para ella, olvidar la enfermedad de su esencia, y para él, aparcar la suya que invadía ya todo su cuerpo. Una unión perfecta si no fuese por esa otra maldición. book

Y gracias a su polvorienta agenda, se concertó una cita para la que Luz se arregló como casi ya no recordaba. No necesitaba ayuda externa, solo ánimo y un buen espejo, a ser posible con cristal de aumento porque la presbicia ya no perdonaba.

 En el mismo armario en el que encontró la agenda, también halló ese tipo de espejo, uno que utilizaba su madre para depilarse las cejas cuando ella era pequeña, y que cuando aquella lo dejaba, con tremenda curiosidad lo utilizaba, se miraba y al verse tan aumentado su diminuto rostro, hasta se mareaba. ¿Por qué utilizará mi madre este maldito espejo que a mí me da angustia? es lo que se cuestionaba cada vez que su madre lo aparcaba en la mesa tras esa rutina semanal depilatoria, maniobra por cierto, que por entonces tampoco entendía. Con esos recuerdos infantiles que le surgían de tanto en tanto como destellos, también revivió cómo en su adolescencia entendió por qué su madre se depilaba las cejas y ya en su madurez, comprendió por qué utilizaba un espejo que de pequeña le provocaba arcadas ¡Y tanto que lo entendió!

  Dispuesta a emanar lo que su nombre propio indicaba, se puso delante de ese espejo, y comenzó un ritual olvidado, y ya con una mascarilla en su rostro, entró en la ducha. Se había comprado un gel que destilaba el mismo aroma que la loción corporal y el perfume. Esa fragancia con la que él en aquél tiempo, casi llegaba a enloquecer. Se trataba de un perfume clásico y mientras se duchaba lentamente, le invadió ese vapor perfumado y con él, bellísimos y excitantes recuerdos. Salió de la ducha, se embadurnó con aquélla crema untuosa y roció su cuerpo entero a golpe de perfume. No le importó ser desmesurada, no sabía cuándo lo iba a volver a utilizar siguiendo el mismo ceremonial.

     Cuando su piel absorbió todos los mejunjes, se puso el vestido que se había comprado para tan emocionante encuentro. Era un vestido azul verdoso, ajustado y escotado. Se atusó su larga melena, puso su cabeza boca abajo y al levantarse, con sus dedos la revolvió con ímpetu, le encantaba la melena leonada, como si pareciese despeinada. Guardó la agenda en el armario de donde la sacó y junto a ella su nueva ilusión, se puso sus tacones, cogió su bolso, cerró bien la casa y se marchó con el corazón agitado.

    Le dijo al taxista dónde le debía llevar, y cuando faltaba muy poco, con el espejito que siempre llevaba en el bolso e intentando controlar su turbación, se retocó. Pagó al taxista, bajó, y con paso firme, avanzó hacia el lugar donde habían quedado. Le reconoció a lo lejos, se fundieron en un abrazo y vibraron.

     Tras aquella noche, hubo varias en las que ambos fueron uno. Jamás lo olvidaría; ya no volvió a sentir esa congoja que supone tener un alma dolorida. De nuevo su actitud hacía honor a su nombre y él, desde otra dimensión, siguió irradiando lo que jamás volvería a desaparecer: Luz.

 

@angels_blaus

 

Clifford, mi gran perro rojo.

 

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CLIFFORD 13/04/2007- 13/11/2017

 Junio 2007.

 Mis hijos eran pequeños, a principios de año habíamos adoptado uno abandonado. En absoluto estaba previsto compaginar niños tan pequeños nada menos que con dos perros, mi trabajo y tantas otras tareas. Ya jugábamos con sus padres cuando coincidíamos con ellos y su dueña en el parque, le conocimos en la barriga de su madre, cuando descubrimos la buena nueva al verla tan gordita. Él fue el guarino, el tercero y más pequeño de la camada, y… Nos conquistó.

   ¡Qué locura! ¡Otro perro cuando el primero todavía era un cachorro! Pero nos decidimos y ahora doy gracias. ¿Cómo le llamaremos? Mi hija, por entonces, a menudo veía una serie de dibujos animados muy conocida que le encantaba y cuyo protagonista era un perro rojo gigante, tan grande como tierno. Lo tuvo claro:

“Se llamará Clifford, mamá”.

 Diantres, pensé, cuando vaya al veterinario y le diga el nombre… Vamos, la antítesis a los de toda la vida: Toby, Chispa, Chiqui, Rocky, pero bueno, siempre tendría una explicación cuando me preguntasen:

 “¿Cómo?

 Sí hombre, como la serie de dibujos animados, la del perro rojo gigante”.

  Desde el principio tuvo muy clara la jerarquía establecida. Había llegado el último y el boss era el otro. Entre tantas anécdotas que lo confirman, por ejemplo, siempre comía después, nunca utilicé dos cuencos, guardaban estricto turno, jamás hubo problemas, y cuando paseaban siempre hacían “panda”. Que el otro (el peleón y desconfiado), se envalentonaba, allá estaba Clifford de apoyo y refuerzo y por la calle hacía honor a su nombre, porque una bolita que llegó a pesar ocho kilos, se crecía y crecía y a nadie ni nada temía. En esos momentos, siempre pensaba que mi hija no pudo elegir mejor nombre para él.

 Fue juguete viviente, peluche, se dejaba disfrazar, mis hijos le ponían su gorro de Papá Noel en Navidad y en casa era tal cual: un peluche; silencioso, nada follonero, cariñosísimo, tranquilo, pero eso se transformaba cuando salía a pasear porque entonces cambiaba de color y tamaño, como el de los dibujos animados o como Hulk, pero en lugar de color verde, era rojo.  Era el primero en recibirnos, el último en despedirnos,  sabía y entendía perfectamente cuándo se venía o cuándo se quedaba.

 No podemos devolverle toda la lealtad que hemos recibido, su eterna e infalible compañía, su inmenso y constante agradecimiento, su mirada limpia y profunda, esos ojos que hablaban, su colita que, como siempre repetíamos, parecía una zanahoria, tan expresiva, esa que delataba tristeza, alegría o estado de alerta, tan característica de los West Highland white terrier (terrier blanco de las tierras altas del oeste de Escocia) raza de personalidad muy marcada. No podemos, pero sí podemos dejar nuestro testimonio y nuestro pequeño homenaje.

    Hace poco recordaba a mi tía Elvira aquí: París, siempre nos quedará París.   ,uno de esos relatos que tanto me gustaba escribir contigo a mis pies, pues escucha: cuando entre nubes, ella, con su maleta clásica, esa del Rastro, viaje a París, la acompañaremos, como si viviésemos una de las aventuras de Tintín y Milú, al que por cierto, tanto te parecías.

  Así que, Clifford, mi gran perro rojo gigante, has dejado un vacío también gigante pero del mismo tamaño es y será nuestro recuerdo. Concedo un gran valor a nuestro último año porque la providencia quiso que lo disfrutásemos como nunca.

 Hasta siempre Clifford, espérame entre nubes, esas tan blancas como tú, sé que lo harás. Gracias infinitas por tanto recibido a cambio de tan poco: tu cuenco con tu segundo turno, tu agua limpia, tus revisiones y tus paseítos.

 Se acortó tu agonía, se dulcificó tu partida. Hasta siempre mi pequeño gran perro.

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                          @angels_blaus

Mi pequeño gran titán.

 TITÁN- Frankfurt

Seguro que todos hemos conocido gente que parecía gigante, hurgas y todo filfa y al revés, sin olvidar por supuesto, a quienes son lo que parecen, tal cual. Pero volviendo a esos otros, con ambos te llevas la gran sorpresa, con los primeros por decepción, con los segundos, por grato descubrimiento y admiración.

Así era Miguel. Siempre fue el clásico sabio despistado, ese espécimen que parece que no esté pero siempre está, quien pasa desapercibido por ausencia aparente y consciente aunque siempre esté presente. Así era él.

 Tenía grandes aspiraciones pero jamás alardeaba de sus planes y proyectos y a la chita callando, “chino chano” avanzaba. Siempre prefirió ser cabeza de ratón a cola de león y a menudo recordaba una de las Fábulas de Esopo: la de la cigarra y la hormiga, porque él emulaba a esta última y mientras, muchas cigarras, que las más de las veces procrastinaban, veían cómo se afanaba en llenar su especial alacena, cómo devoraba libros, cómo nunca saciaba su voraz apetito intelectual.

 Con el paso de los años, esas cigarras le envidiaron, algunas le admiraron, y otras, simplemente le olvidaron, pero todo eso a Miguel le daba exactamente igual, él avanzaba, siempre avanzaba. Aunque no se descubriese a primera vista, era duro como una roca, trabajador incansable, lector impenitente, culto hasta decir basta si es que a alguien se le puede poner límite a semejante virtud.

  Pero la vida también le apaleó ¿quién no ha sufrido golpes?, se preguntaba, y él solo, a sí mismo se contestaba, quizá para consolarse. Tal vez, solo tal vez, en muchas ocasiones hubiese querido lanzar esa pregunta al universo y que fuese el universo quien se la devolviera con voz de mujer, tal vez… Pero él prefería seguir mirando al frente, sin más planteamiento que su absorbente trabajo y su dedicación y entrega a esa parte de su familia que la vida no le había arrebatado, la que quería conservar por encima de su propio bienestar. No quería lamentos, y si los tenía, siempre se le representaban a solas, o en lo más recóndito de su alma, esa que nunca o casi nunca quería mostrar. Reservado hasta la médula ¿por qué iba a hacer públicos sus momentos de desazón?, se volvía a cuestionar, y de nuevo, ¡ay! le asaltaba la fantasía: “Lanzaré otra vez la pregunta al universo y me la devolverá con nombre de mujer… Pero tal vez, solo tal vez”.

Eran ideas o pensamientos tan sumamente fugaces que apenas los retenía en su memoria, o al menos, eso creía. Trabajó en lugares distintos, y en todos, siempre fue hormiga, siempre cabeza de ratón, siempre avanzó con paso firme y cumpliendo con su deber. Finalmente pudo empezar a disfrutar de esa etapa que indefectiblemente tiene que llegar, de lo contrario ya se sabe cuál es la alternativa y esa… Esa ni mentarla. Es verdad que peinaba más canas, que su piel no era la misma, pero también que ello comenzaba a compensarle. Es el yin y el yang, el trueque existencial, la dualidad, esas fuerzas tan opuestas como complementarias: la vida te quita y la vida te da, solo hay que esperar.

 Gozaba de plena serenidad, ya era más prescindible para quienes fue durante mucho tiempo insustituible, se miraba más, se cuidaba más, se tocaba más, se quería más. Y en ese momento de éxtasis y plenitud vital, el universo, ese universo al que lanzaba preguntas y nunca le devolvía respuestas, de forma absolutamente inesperada, le correspondió y se las restituyó todas, una a una, sin olvidar ninguna. Quizá en esa concreta etapa le resultaba hasta casi indiferente que la voz tuviese género, pero sorprendentemente sí lo tuvo, de modo que el cosmos le devolvió esa voz, la misma que había escuchado tantas preguntas, y a veces, aunque le ruborizase admitirlo, también lágrimas y hasta llantos, y de golpe, cual genio invocado por Aladino, aparecieron en torrente todas y cada una de esas respuestas, secadas todas y cada una de sus lágrimas y callados sus llantos.

Hoy ha descubierto que lo que creía que no había retenido, lo tiene grabado en su memoria y esos pensamientos que creía fugaces, los tiene impresos a fuego. Ahora esa hormiguita hercúlea escribe pensamientos y reflexiones con la inmensa serenidad que le ofrece la veteranía y con la ilusión de dejar ese legado a los suyos.hormigas

 

La vida te quita y la vida te da,  solo hay que esperar.

Recordando a tantos… A quienes descubren porque más vale tarde que nunca, que es un error creer que tras el nido vacío ya no hay vida. Recordándole a él, a ella, a ti y a Ud. A quienes de repente descubren que no son invisibles y quieren exprimir hasta la última gota de su jugo.

A los gigantes escondidos,

a los Hércules agazapados.

A los auténticos colosos.

                                                                                  @angels_blaus

 

Quisiera ser tan alta como la luna.

LUNA

 Cuando Marina era pequeña, y vivía en un país en blanco y negro, más negro que blanco, solo existían regiones, después ya sabemos cómo pasaron a denominarse y cuando jugaba, sobre todo lo hacía en la calle. Saltaba a la comba, a la goma, o hacía un poco el bruto con el “churro, mediamanga, manga entera”, en el que solía deslomarse o deslomaba, ahí no había medias tintas, o castigabas lumbares ajenas o te castigaban las propias, pero ¿y lo que se disfrutaba?

  En clase y a la hora del recreo, las chicas solían jugar a juegos de chicas, como las tabas o los cromos, pero a la niña del blanco y negro, más negro que blanco, lo que más le gustaba era cantar y así, con sus amigas quedaba en su casa, que para eso era la más grande y con múltiples escondites donde poder divertirse con intimidad. Se las ingeniaban con el artilugio de madera que utilizaba su madre para hacer allioli en el mortero, e imaginaban que era un micrófono, y con ese teatrillo montado, palo de mortero en mano, cuando era un retaco y soñaba con ser alta, muy alta, cantaba:

Quisiera ser tan alta como la luna,
¡ay, ay!, como la luna, como la luna;
para ver los soldados de Cataluña,
¡ay, ay!, de Cataluña, de Cataluña.

 Con el paso de los años, mira por donde, se convirtió en una mujer alta, muy alta para su generación, y cuando recordaba la letra de esa canción no acababa de entender su significado. Tal vez lo único que se buscaba era su rima, o que fuese pegadiza, pero no podía evitar preguntarse: ¿qué tiene que ver ser alta para ver a los soldados de Catalunya? Y buceando, averiguó que es una canción muy antigua y que su letra podría guardar relación con la Guerra de Sucesión, que ya sabemos cómo terminó.

 En alguna época, la letrilla y esa cantinela le martillearon el cerebro y cuando sentía ese mazazo, una mezcla de sentimientos se le entrecruzaban. ¡Maldita sea! siempre defendió que tenía la mejor costa del país, y que particularmente, una de sus provincias era la más maravillosa, provincia que le traía gratos recuerdos, hasta el punto que de tanto en tanto, le asaltaba un perfume a tramontana que jamás olvidaría.

 Pero durante un tiempo le invadió la desolación, rabia, indignación, tristeza, impotencia, porque a menudo le atrapaban ideas fragmentadas. Ella que siempre había tenido pensamientos íntegros, no le cabía la parte, jamás pensó en porciones, tenía en su ADN un mapa absolutamente definido, con márgenes y fronteras que no le cabían por ningún otro lado. Sentimientos que eran recurrentes, como así era esa situación que no sabía canalizar, ella, tan optimista siempre, ¿Iba a permitir que se le apoderase el pesimismo? ¿Iba a consentir que su vida fuese otra vez en blanco y negro, más negro que blanco? No lo podía asumir, era imposible que quienes podían remediarlo no lo remediasen, no cabía mayor despropósito, pero cada vez se metía en un túnel más y más profundo y oscuro…

   Marina despertó sudorosa y con taquicardia, hiperventilaba, su ritmo cardíaco era tal que tuvo una sensación horrorosa. Se frotó los ojos, se incorporó muy lentamente de aquella maravillosa cama, separó su melena de la nuca, estaba empapada, procuró no despertar a su compañero que dormía plácidamente, y confirmó ya con los pies en el suelo, que se trató de una horrible pesadilla.

  Agosto de 2020: Marina sigue disfrutando de sus paradisíacas vacaciones en su hotel, tiene una habitación con vistas, las mejores, no quiere otras. Desde su ventana se deleita con su cala preferida en Begur: Aiguablava. Su compañero sigue relajado con su clásico libro entre manos, ella prefiere el ebook y de vez en cuando ojea Twitter: la vida transcurre con normalidad, alguna que otra mala noticia, como siempre, pero nada alarmante. Menos mal que lo de esta noche ha sido una terrible pesadilla, pensó. Hacía muchos años que no las tenía.

  Tranquilidad, relax. En 2021 volverán al mismo hotel, estará todo en el mismo lugar y harán el mismo recorrido, tal vez hagan alguna escapada a la costa azul, ¡tienen tan cerca La Jonquera!

  Finaliza el verano de 2020, ¡el tiempo pasa volando! ya han hecho la reserva para el próximo año: 2021, y volverán renovados a sus destinos, como es habitual. Todo fue un mal sueño tan absurdo que hasta le dio vergüenza comentárselo a su compañero, él sigue leyendo apaciblemente. Marina no puede evitar asomarse cada dos por tres a su ventana con vistas, cuando su retina se recrea con ese azul verdoso, único e incomparable, a veces, hasta se le escapa alguna lágrima… Pero ¡bueno! ¿A qué viene emocionarse? Y habla sola. No te preocupes Marina: llora, ríe ¡Siente!

                                                                  @angels_blaus

 

París, siempre nos quedará París.

PARÍS

  Escuchando música francesa y viendo imágenes de una de las capitales del mundo que más me gustan, inmediatamente tuve uno de mis flashback, y me acordé de ella.

Mi tía Elvira, tía abuela para más señas, había nacido en una aldeíta de Teruel, pero en busca de mayor calidad de vida, sus padres y sus cinco hermanos se trasladaron a Valencia. Cuando nació, todavía no había finalizado la Gran Guerra, y pronto vendrían los “Años Locos”, que en nuestro país, distaban mucho de ser felices, con una sociedad muy rural y todavía poco industrial, con mucho proletariado y unos cuantos señoritos que eran los amos, los p….. amos como ahora dirían mis hijos y/o sus amigos. Después vino la crisis de 1929 y los aciagos años posteriores que ya conocemos.

En aquélla época ya se sabe lo que pintaba la mujer y cuál era su único designio, de manera que habiéndose casado todos sus hermanos y siendo ella la pequeña, sí o sí tenía que espabilar. Y por si no fuera poco la época y sociedad que le tocaron vivir, se tuvo que enamorar del malote del pueblo, (vivía en una ciudad cerca de la capital), y naturalmente se casó con él. Ni un mes duró su encantamiento porque pronto se dio cuenta de que ese sapo “revenío”, como se dice en Albacete, nunca había sido príncipe, y mira que algún bienintencionado le hizo sutiles advertencias, pero es que no había otra, tocaba casarse.

Demasiados años duraron los malos tratos, no solo físicos, también psicológicos, y harta estaba de querer denunciar y que la mandaran a casa porque tocaba ajo y agua, pero cuando ya era la mofa y sorna de todo quisque porque “la otra”, no era ni siquiera la querida de postín de las de la época, sino una mujer fatal, de las que por entonces se decía que se dedicaba a la mala vida, entonces ya se tuvo que plantar.  Y claro, encima de cornuda, apaleada y nunca mejor dicho (o peor, según se mire), porque el escándalo fue mayúsculo, o sea, además de haber sido maltratada, vejada, humillada, para más inri y por dar el paso, la malota fue ella. Así que, en una época en la que los españoles emigraban tanto o más como ahora nuestros jóvenes, cogió su petate y a París se fue.

Era obvio que cuanto más lejos mejor, pero se fue a París sin estudios y casi con lo puesto, y lógicamente solo tenía dos alternativas, descartada la primera, optó por ser empleada de hogar, pero qué narices, entonces eran chachas, las Gracita Morales de las películas, y oiga, a los franceses les molaba un montón tener una chacha española. De francés no sabía ni “papa”, hasta el punto que al principio se entendía casi con lenguaje de gestos y signos, pero poco a poco fue defendiéndose. Aquélla casa en la que servía, sí que era una casa de empaque, y ¡tanto que lo era!  Y ella que no pudo tener hijos, prácticamente crió a los cuatro de los “señores”.AA Gracita Morales portada revista3

El año que podía visitarnos en navidad, siempre nos repetía que los “señores” comían quesos de postre, muchos quesos y que las chicas utilizaban anticonceptivos, y se llevaban a los novios a dormir a su casa ¡¡¡Oh mon dieu, quelle horreur!!! Mi madre casi se santiguaba y mi padre huía por la retaguardia para disimular, total que con su francés cómico, nos contaba cosas que nos parecían curiosísimas y que era increíble que sucedieran en tan lejana ciudad, porque para nosotros París era tan remoto como Singapur. Cuando finalizaba la navidad, se marchaba con su característica  maleta, como esas del Rastro que vi hace poco, y: “Au revoir ma tante”. Tras su ida, aterrizábamos en nuestro planeta, era la España setentera, nada que ver con esas experiencias extraterrestres que ella nos contaba, ¡mira que tomar queso de postre! ¡Habrase visto! ¡Vamos hombre! Nosotros a inflarnos de vitamina c, que para eso mi padre tenía campos de naranjos.

Finalmente se jubiló y se refugió en su terreta y en el pisito que había podido comprar con sus ahorros mientras ejerció tantos años de Gracita Morales, ¡qué menos! Y ya con nosotros cada dos por tres, salía a relucir su tremenda vida, los quesos y los anticonceptivos que se tomaban las hijas de los señores, hasta que poco a poco se fue demenciando. Un buen día empezó a traernos cosas que sacaba de los contenedores de basura y no tenía más obsesión que regalármelas, imaginen mi cara, hasta que no hubo más remedio que ingresarla en un centro porque era más que patente que necesitaba controles y cuidados especiales. Una noche, ya con noventa y dos años, nunca más despertó.

Allá arriba sigue viajando a la ciudad del amor, no se quiere desprender de su maleta, esa tan típica, así que, tía, no te preocupes, cuando todos estemos entre nubes, te acompañaré, mi francés no es cómico como el tuyo, yo me defiendo, y podré traducirte, porque ¿sabes? Siempre nos quedará París.

Recordándola a ella y a todas las Gracita Morales de la época.

                                                          @angels_blaus