Disculpe Su Señoría. Es su primer destino, ¿verdad?

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Con el miedo en el cuerpo y la bisoñez tatuada. Así llegó aquél Juez en el verano de 1989 a la Costa Brava.

Podía haber escogido muchos otros destinos, pero tenía claro tanto que quería vivir cerca del mar, pese a las múltiples advertencias sobre un primer destino de esas características, como que tenía que emprender su nueva travesía cortando el cordón umbilical. Tarde, pero… ¡Ya tocaba!

Con la emoción y nervios propios del momento, tomó posesión en la Sala de Plenos del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña sito en Barcelona y después, metidos de lleno en la canícula marchó a su primer Juzgado: un bello pueblo gerundense de la comarca de “La Selva”.

De camino al despacho, comenzaron a asaltarle las dudas ¿Cómo se dirigirían a él el resto de los funcionarios?

¿Y él a ellos?

¿Caería bien a la curia?

¿Llevaría la “L” de novato escrita en la cara? O peor:

¿Parecería un vehículo con su pedazo “L” en el cristal trasero? ¡Ay, qué desazón!

Con el tiempo descubrió que la respuesta desde el minuto uno era afirmativa, pero en principio, era lógico que le surgieran todos esos planteamientos.

Tras las presentaciones de rigor y con sentimientos contenidos, comenzó su nueva andadura. Firmó no sé cuantísimas actas y ya a solas en su despacho y llegando a pellizcarse, pensó: Esto es real, tu sueño se ve cumplido… Todavía no había terminado de sentarse en aquél sillón verde característico, con ese olor de escritorio clásico, cuando se presentó la titular del Juzgado contiguo:

Hola, te estábamos esperando, mañana empiezo mis vacaciones, tú te encargas de “tu” Juzgado, del “mío” y he oído que te van a prorrogar en La Bisbal…”

Si en su espalda llevaba esa maldita “L” que en vano se esforzaba en desenganchar, su rostro, encendido, confirmó más si cabe la bisoñez. Disimuló, se despidió como restando importancia al tema, y así conoció a su compañera. Esa mañana estuvo flotando, minutó sus primeras diligencias y sin  apenas darse cuenta llegó la hora de marcharse.

Al día siguiente ya saludó al resto de la plantilla, pues tenía que despachar y firmar en ambos Juzgados y se puso “manos a la obra”…

Temporada alta, Costa Brava, maravilloso paisaje que…¡No disfrutó ni un solo día! Una jornada enlazaba con la siguiente sin apenas darse cuenta: dieciséis detenidos diarios, habeas corpus, peticiones de internamiento en centro especial para extranjeros irregulares, levantamientos de cadáver…

Hablaba solo: ¿No querías vivir una aventura? ¡Aquí la tienes!…Y aprendió a golpes, como casi todo en esta vida y como no existía ni WhatsApp ni nada que se le asemejase, mas que aquellos “macroteléfonos” que ahora parecen una pieza digna de exposición en  cualquier museo de arqueología, lo único que podía hacer y solo en casos extremos,  era llamar a su preparador para solventar alguna que otra duda. 

 Vivió levantamientos impactantes, como el de un adolescente que puso fin a su existencia aprovechando unos días de asueto que pasaría con sus amigos en la playa y efectivamente, estos se encontraron con la escena más dantesca jamás imaginada: cuando entraron en la casa que habían alquilado vieron sus piernas colgando al principio del tramo de la escalera y sin avanzar un paso más, llamaron a la policía y esta al ínclito que se presentó ya con el resto de la comisión judicial en aquélla casita de pescadores. El desdichado chaval estaba leyendo un libro que se titulaba: “Cómo hacer nuevas amistades“.

A medida que vivía metido en esa vorágine sin tregua ni descanso, se fortalecía más y pese a la crudeza de una rutina que ya no era ficción, todas las noches se acostaba agradecido por dedicarse finalmente a lo que tanto sacrificio le había costado.

Ya con los últimos coletazos del verano, y en aquélla eterna “multiguardia”, le dijeron los funcionarios que se les requería para un nuevo levantamiento: unos vecinos, alertados por el fuerte hedor que salía de un segundo piso, habían puesto el hecho en conocimiento de la policía.

Se desplazó además, con el médico forense y la secretaria judicial. El propio médico, ya un profesional avezado,  advirtió de lo que se podían encontrar y en efecto, se confirmó la sospecha. Fue un levantamiento duro, pero era tal el ritmo al que ya se había habituado, que se soportó con firmeza.

No se sabía si el “hallazgo” era un hombre o mujer, era “alguien” tumbado en una cama, pero nada más se distinguía y tras los trámites de rigor, el Juez, con su maldita “L” en la espalda (albricias ¡parece que se me está despegando!), ordenó el levantamiento de cadáver que fue sacado y trasladado.

Ya en la vivienda, comenzó una minuciosa inspección ocular: con el Juez siempre dirigiendo la comitiva, se abrieron cajones, armarios, se entró al resto de habitaciones, observaron la cocina, su menaje…Todo guardaba un impecable orden.
Pero en la mesilla de noche de la habitación donde fue hallado ese “alguien”, había un tubo de pastillas vacío y dos sobres con dos nombres alemanes.
Se incautó lo necesario y finalizó la diligencia ya casi cuando asomaba el crepúsculo de la tarde.

¿Ordena algo más Su Señoría?

 Nada más, gracias: en cuanto sepan la composición de lo que había en el bote y se hayan traducido las cartas, me dan cuenta. Hasta mañana.

 Pasaron cuatro días. Nada se podía decidir sobre el destino del “hallazgo” en tanto no se supiera su identidad y resto de datos ineludibles. Y esa mañana, vino el jefe del grupo, y entregó al Juez el resultado de los análisis y las cartas traducidas.

Las pastillas eran benzodiacepinas. El forense, en su informe ya había dictaminado la causa del fallecimiento: se trataba de una mujer de constitución atlética y una edad aproximada de treinta y cinco años, cuya causa de muerte había sido autolisis por ingesta masiva de aquéllas.

¿Y las cartas? ¿Qué decían las cartas?:

Una, iba dirigida a su madre, de la cual se despedía y a la que explicaba por qué había planificado todo y otra, iba dirigida a su amante: Wolfgang.

“Querido Wolfgang:

  Cuando leas esto que te escribo, ya habré zanjado un triángulo insoportable. Llevas años prometiéndome que te separarías de tu esposa, años disfrutando de un nido de amor aquí en Blanes que ya no es nido de amor, ya es cárcel y lugar clandestino para mí.  Necesito recuperar mi libertad y muchas otras cosas que me has robado. Tengo muy meditado lo que hago y sé que encontraré por fin esa paz que me has arrebatado.

Tuya siempre: Hildegard”.

P.D: Quiero que mis cenizas se esparzan por un mar incomparable: nuestro mar mediterráneo y aquí, en este lugar que tantos años ha sido nuestro refugio”.

BLANES

Cuando Su Señoría leyó por segunda vez esa carta, activó su parte emocional, (¡maldita sea!, ¿y no poder desprenderme de la “L”?) y esa empatía que siempre había tenido: con “L” o sin “L” pegada a la espalda,  que la voluntad de Hildegard se cumpliese solo dependía de él y de su afán por respetarla porque el tiempo apremiaba y a ese alguien que ya tenía nombre, había que darle un destino.

Se informó: era un trámite novedoso para él,  removió Roma con Santiago. Habló con el Consulado, se localizó a su escasa familia, hizo todo lo que pudo, hasta que finalmente decretó el archivo de las diligencias.

Ya entrado el otoño, con esa brisa que azota de forma tan placentera y esa tramontana que se anuncia, una mañana, tomando café con el Comisario salió el tema a relucir:

¡Ah, caray! no se lo dije Señoría, acostumbrados a puro trámite y como este ya se archivó se me pasó: se cumplió su voluntad, ¡menos mal que fuimos expeditivos!

   Una sensación agridulce  recorrió el cuerpo de Su Señoría, a la vez que cierto descanso y sobre todo y ante todo, la plena satisfacción que se experimenta con el deber cumplido, deber más que profesional, incluso personal, a la par que escuchó un ruido como de algo metálico que había caído al suelo:

Se giró y cuando ya olía a tramontana, observó que la “L” se había esfumado.

Las cenizas de Hildegard forman parte del mar mediterráneo.

COSTA BRAVA

Verano del 89: Inolvidable. Siempre en mi memoria.

A todas las Hildegards: La vida es bella, hay que estrujarla sin contribuir ni un ápice a que ese ciclo se acorte.

A todos los perseguidores de sueños, para que pronto se conviertan en conseguidores.

https://www.youtube.com/watch?v=QbnB5npEc7g

@angels_blaus

“Consejitos happy”.

Hay lecciones que aprender

Supongo que será por la explosión de las RRSS y las nuevas formas de comunicar de esta nueva era, pero lo cierto es que no hay día que no lea algún consejito happy. En temas de salud, dieta, sexualidad, educación, psicología y tantos otros campos.

Al principio me agradaba, leía con atención y casi tomaba apuntes –caricaturizo ¿eh? – pero últimamente ya me desborda. ¿Realmente necesitamos una vida absolutamente teledirigida? ¿Todo, todo pero todo tiene que ir aderezado de pautas y advertencias?

¿Y si las sigo y nada sale como se te indica? ¿Qué hago? ¿Me frustro?.

Es como si cada paso, cada momento tuviese su manual de instrucciones. Oiga pues no, todo no. En ocasiones es mucho mejor que fluyan las situaciones sin más, porque con tanta instrucción tal vez estemos consiguiendo el efecto contrario. No sé si tanta información y tan inmediata se puede procesar pero a veces simplemente agobia.

De entre los ejemplos “frescos”, el otro día en una red social leo y veo (todavía no oigo) bien explicadito y pasito a pasito no sé cuántas virguerías que ríase del kamasutra versión actualizada 3.0. Vamos ni el más moderno… Nada, nada, para llevarlo a cabo tendrías que ser cuanto menos contorsionista, pero claro eso queda en la retina y lo más dramático, en la memoria y luego pasa lo que pasa…¡Ea!

      También me llama poderosamente la atención todos los consejitos happy relativos a la educación y ahí sí se genera una gran frustración ¡Vaya, nada que ver con el Kamasutra 3.0! Mucho peor, muchísimo peor porque además de intentar aplicar los consejitos sin que nada coincida con tu propia realidad, te entra como dice mi buena amiga  @gisb_sus  , el síndrome  de “maricomplejines” y te planteas aquello tan manido de  #malamadre  y por ahí sí que no paso.

  Y por poner otro ejemplo, leí hace poco sobre “cosas extrañas que hacemos cada día”  y resulta que de entre ellas se especifica y discúlpenme si les parece ordinario, sorry,  la de “no cambiar el rollo acabado de papel higiénico” (¿extraño?). Pues bien, se puede construir casi una tesina al respecto porque resulta que la mayoría opta por dejar el cartón y que lo cambie el siguiente  –se siente-,  pero ello es debido –según investigadores de una Universidad americana-, a la falta de motivación y como tan ardua tarea no tendría recompensa alguna, pues tendemos a dejar el cartón y el “marrón” para el siguiente.

 Vamos a ver: ¿Tengo que estudiar “La metafísica de las costumbres” de Kant o “La metafísica aristotélica” y su teoría de la sustancia, para averiguar por qué dejo el cartón para que el siguiente se apañe? –pregunto, solo pregunto sin acritud-. Mire usted, es mucho más sencillo: somos gandules y egoístas y punto o si no somos, que suena muy rígido, pues tendemos a ello.

En fin, que los consejitos happy a una servidora ya le saturan y tal vez, solo tal vez, estemos complicando lo sencillo porque a lo mejor lo sencillo no da para tantos chorros de tinta.

Pasen buen día.

@angels_blaus

 

 

“Generación del 600”

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Leí el otro día que la década de los sesenta fue la de mayor índice de natalidad del siglo XX. Vamos, que somos muchos los sesenteros.

Siempre lo he dicho, somos una generación híbrida ,estamos a caballo entre un extremo y otro: no somos de aquí y tampoco de allá.

https://www.youtube.com/watch?v=FEHNCaonLSU

Sufrimos muchas tiranías, no solo los estertores de la tiranía política –la peor de todas, que por fortuna en nuestra biografía ocupa poco espacio– sino muchas otras: las de los dos rombos de la televisión en blanco y negro, la represión sexual, una educación muy machista donde había dos roles totalmente diferenciados, los “consultorios de la señora francis”  (que escuchaba con fervor mi madre)  y aquéllos culebrones como “Lucecita”, donde llorábamos a moco tendido tres generaciones juntas: la abuela, la madre y una servidora.

Por supuesto, llorar no era cosa de hombres de pelo en pecho y a estos machos españoles que tomaban mucho soberano y casi nos obligaban a los infelices infantes a tomar Quina San Clemente cuando estábamos de bajón, ni siquiera se les ocurría integrarse en esos dramones.

Solo llorábamos las mujeres de la casa y nos enjugábamos los lagrimones con pañuelos de tela a ser posible almidonados, ¡muy almidonados! que a mi madre le encantaba el almidón y dale que te pego con toda la ropa más tiesa que tiesa, donde no valía ni expresar aquello de “rasca mamá” porque si rascaba, pues te aguantabas. Vamos, no es que no valiese, es que ni se te pasaba por la cabeza. Lo normal no era el “mimosín”, lo normal era que el pañuelo o la sábana almidonada te dejase secuelas en la piel.

Ya cuando descubrimos que la “tele” podía tener los colores del arco iris y cuando empezábamos a aficionarnos a las canciones de Jarcha y de Lluis Llach, o de Raimon y tantos otros, cuando ya nos convertimos en espectadores de la Transición Democrática, entonces no íbamos de guateque (eso lo disfrutó la generación anterior) pero sí a la discoteque y teníamos Clubs.

Recuerdo perfectamente en mi añorada Alzira el “Club Amunt”, y allí que nos reuníamos los adolescentes ya rebeldes con aquélla tiranía muerta y otras muy vivas, aunque empezábamos a despertar y a saborear ciertos aires de libertad, pero seguía siendo todo muy rancio.

Y en las “discoteques” se bailaba suelto y también se bailaba agarrado que dirían los castizos y cuando el “pincha discos”- y no Dj, nada de anglicismos- cambiaba el ritmo de suelto a lento, allí que nos sentábamos todas las chicas tan pudorosas y recatadas esperando que un chico te sacase a bailar: sí, sí, “te sacase”, tú ni osabas hacer lo contrario y si alguna se pasaba de lista, ya tenía el “sambenito” colocado cual escapulario:  más valiese que estuvieses quietecita esperando que te invitase a bailar el príncipe de tus sueños.

Ahora, eso sí, si caía esa breva y el ínclito te impulsaba al baile agarrado, ahí empezabas a paladear aquellas primeras sensaciones que no solo consistían en ese revoloteo de mariposas en el estómago. Ya podía ser el preludio de algo más y ese algo más podía traducirse –solo podía-, en irse al “cuarto oscuro” que no era un castigo, sino todo lo contrario. Consistía en acomodarse en el lugar más recóndito de la “discoteque” donde se cruzaban los primeros besos furtivos y donde se podía pasar a la siguiente escena con un poquito más de acción, pero solo algo ¿eh?

Después ya vino la etapa universitaria y ese es otro cantar…

Va por todos los sesenteros, últimos “baby boomers”: generación gloriosa.

                                                       @angels_blaus

Cumpleaños: un año de toga y tacones

Felicidades! Detrás del primero vendrán muchos más !

Con mi toga y mis tacones

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                Cuando, hace ya un añito, decidí dar comienzo a la función en este gran teatro de la justicia lo hice casi como un juego. Hacía tiempo que acariciaba la idea de tener mi propio espacio para dar mi particular visión de este mundo en el que habito, una visión que nos acercara a la gente y sirviera para descartar esa concepción que existe de la justicia como algo sacrosanto, lejano y más bien casposo. No sé si lo estaré consiguiendo, pero ahí sigo, que a cabezota no me gana nadie.

                El caso es que la idea me vino a la cabeza al informar en un juicio de jurado. Se me ocurrió explicar a los miembros del jurado cómo funcionábamos comparándonos con una representación teatral, y parece que la cosa funcionaba… y hasta gustaba. Así que me puse manos a la obra y decidí convertirlo en mi propio proyecto…

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La princesa Ekaterina.

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  Tenía los ojos de color azul cristalino. Su mirada delataba transparencia y mucha inocencia. Su piel blanca, su pelo rubio, todo indicaba sus orígenes de alma eslava. 

 Vivía en  Lesnoy cerca de Moscú y tenía familia en Dudinka, Siberia, donde en pleno invierno se podía llegar a los 40º bajo cero. Estaba acostumbrada a desplazarse porque parte de su familia vivía en aquélla zona tan gélida.

   Había sido una magnífica estudiante y por supuesto, había seguido una disciplina férrea en todos los aspectos, destacando en gimnasia rítmica, faceta en la que llegó a obtener reconocimientos por lo que acabó siendo profesora de educación física. 

 Recién terminada su carrera, viajó a Moscú. Le encantaba visitarla a menudo y siempre se acordaba de las palabras de León Tolstoi: “Cada ruso contemplando Moscú siente que es la ciudad-madre” y eso mismo es lo que ella sentía. Pasó allí el fin de semana con sus amigas y en la mañana del domingo, disfrutando la Plaza Roja, notó cómo una mirada penetraba en su nuca. Se giró y su intuición no le falló: un caballero de postín y físico occidental no le quitaba la vista de encima. Evadió la situación y continuó con su plan pero al cabo de un rato, otra vez coincidió con aquél por lo que la conversación no se hizo esperar.

Se entendieron hablando inglés y no tuvieron ningún empacho en continuar lo que duró más de dos horas aunque ella tuvo la sensación de haber estado mucho menos tiempo. Le dijo que estaba haciendo negocios , permanecería tres semanas alojado en un Hotel y quería volver a verla.

La-Plaza-Roja-de-MoscúEkaterina hizo un mohín que pronto se tornó en una mirada coqueta y gesto de agrado y tras intercambiarse los números de teléfono, se separaron.

De regreso solo tenía un pensamiento fijo y cuando llegó a su domicilio, no pudo dejar de imaginar que podría vivir mucho mejor. 

 Sucedió lo inevitable: como Moscú solo estaba a cuarenta y pocos kilómetros, cada dos días se estuvieron viendo y el hombre de postín, siempre repetía lo mismo cual mantra: que podía trasladarse a París con él y que allí se promocionaría profesionalmente, empresa en la que él pondría todo su empeño.

 Y así fue: su familia no se opuso porque todos estaban convencidos de que era lo que más convenía a su pequeña. Apenas tardaron poco más de tres horas y media en aterrizar en el aeropuerto “Charles De Gaulle” y allí les esperaban otros tres hombres de postín en un vehículo de alta gama. Uno de ellos abrió la puerta y Ekaterina subió atrás.

Durante más de media hora, reinó un silencio preocupante. Por fin ella rompió el hielo preguntando dónde iban, le contestaron que faltaba una hora y media de viaje y que permaneciera callada lo cual le produjo una gran inquietud.

 Cuando quedaba poco para llegar al punto de destino, aparcaron en una zona de descanso, la hicieron bajar, le quitaron su teléfono móvil, su bolso y demás pertenencias y ya amenazándola,  le ordenaron nuevamente  silencio. Se puso a llorar y le invadió un sentimiento de terror temiendo lo peor.

 A lo lejos se veían unas luces de neón, fueron acercándose y se confirmó su sospecha: estacionaron en ese lugar y allí comenzó una terrible pesadilla. La metieron a empujones, la subieron del mismo modo a una habitación lúgubre y maloliente y la encerraron con llave. No podía ser real lo que estaba viviendo, se pasó toda la noche llorando.

Al día siguiente, le abrieron la puerta del cuchitril y la hicieron bajar: a partir de ese momento solo hablaría con una “señora” que sería quien le diera instrucciones y con las demás chicas de la misma procedencia que ella.

 Y las instrucciones eran las esperadas: tenía que alternar con clientes a quienes procuraría el máximo de consumiciones en una barra iluminada con una luz roja, tras lo cual subirían a la inmunda habitación donde debía acceder a todas sus peticiones, cada una con precio tasado, el cual cobraría directamente la “señora” en concepto de hospedaje.

 Así transcurrieron cuatro terribles meses, con sus días y largas noches.  Cuando Ekaterina estaba disponible -casi siempre- , se disfrazaba, creía que llevaba una máscara y dejaba volar su imaginación. Nunca se quedaba con las caras. 

   Cada vez  que un rostro difuminado y sudoroso jadeaba en aquél cuchitril, sistemáticamente se desplazaba a su Plaza Roja y así, día tras noche, actuaba mecánicamente,  cual marioneta que a pesar de todo no perdía la esperanza. 

 Su potente alma eslava la ayudaba a sobrevivir, hasta que un día quien se hizo pasar por cliente, le dijo que realmente era policía y en aquél cuarto inmundo le contó que pertenecía a un Grupo especial y que tenían que bajar haciendo el paripé porque en veinte minutos se presentarían el resto de los miembros de la Brigada.  Así fue: bajaron, disimularon mientras aparentaban consumir alguna que otra copa y en un cuarto de hora aparecieron los demás armados, quienes con una operación calculada milimétricamente y rapidísima lograron detener a los que regentaban el local liberando a todas las chicas.

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  Ha transcurrido un año. Ekaterina tuvo que declarar en Comisaría, ante el Juez y ante un Tribunal en calidad de testigo protegido cuando se celebró el juicio.

 Ha necesitado tratamiento médico y psicológico y tiene secuelas. Pero su pequeño gran espíritu, su imaginación, sus recuerdos, su Plaza Roja y su fortaleza, la han salvado.  Hoy preside una Fundación y da conferencias por todo el planeta.

  La princesa ya no está triste…

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Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Mi recuerdo a todas las muñecas rotas, las que no han podido recomponerse, las que sí lo han conseguido y quienes están en ese camino.

Mi reconocimiento a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.

Nos tenemos que concienciar todos:

#NoAlaTrataDeSeresHumanos

https://www.youtube.com/watch?v=u24LkCstQ04

@angels_blaus

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“Claro de Luna”

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  Nació sin problemas, para ella fue fácil entrar en este mundo. Fue acogida con gran amor y alegría, sin un solo trauma. Con el tiempo y por aquello del yin y el yang, ese privilegio fue duramente compensado.

 Su madre se dormía escuchando “Claro de Luna” de Ludwig van Beethoven, sonata que ya disfrutaba cuando todavía estaba en el interior de su seno, porque todas las noches y tras maratonianas jornadas laborales, se reclinaba en aquélla mecedora de la abuela, esa reliquia que conservaban en la casa y mientras acariciaba y masajeaba la tripita que iba creciendo, ambas se deleitaban escuchando una y otra vez la misma pieza musical.

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Parecía que sabía que había llegado ese momento de relax absoluto, porque en cuanto su madre ocupaba la mecedora de la abuela, ella dejaba de retorcerse y dar pataditas y automáticamente se calmaba.

 Cuando por fin nació, asomó su carita sonrosada y aquéllos ojazos que ansiaban aprender, por lo que su madre no dudó ni un instante: se llamaría Clara.

  Y clara fue no solo su existencia, sino también su personalidad, tan diáfana como tranquila. Hasta que ya en ese trance de niña a mujer, se cruzó en su camino un individuo de los “reversibles”:  buenos por fuera y malos por dentro.

Se enamoró perdidamente de él, aunque fue un amor de juventud que pronto se esfumó al mediar distancia entre ambos, pues Clara, tuvo que marchar de la ciudad con su familia.

Pero a veces los designios del destino son inevitables y al cabo de diez años volvieron a coincidir:  él ya era un gran empresario, ella, profesora de música y en sus ratos libres tocaba el piano.

De nuevo saltaron chispas y tras un breve noviazgo, contrajeron matrimonio. Desde el principio, se percató de que todo en él era falsa apariencia: frente a su claridad, la oscuridad, frente a su sinceridad, los engaños, frente a su transparencia, la opacidad.

Llegó su primer hijo y tras las mentiras también el primer bofetón.  Dolió sí, ¡claro que dolió! pero mucho más dolió el insulto o la primera amenaza.

El mismo día que su madre partió con demasiada premura y con rumbo de solo ida, se enteró que estaba otra vez encinta.

Un escalofrío recorrió todo su cuerpo y se estremeció: la persona que más le quiso, marchó, mientras otra, ya estaba en camino. Se sentó en la mecedora con su pequeño y mientras se acariciaba el vientre escuchando “Claro de Luna”, sintió que su madre la tomaba de la mano y así se durmió.

Con la llegada de su segundo hijo, continuaron las vilezas, los bofetones e insultos, ya tenía una gran coraza, ya ni sentía dolor. Cuanto más se hundía, más notaba la presencia de su madre, a quien visualizaba en esa misma mecedora cada noche. Eso le reconfortaba: con la estampa de su madre, se sentía arropada y consolada.

Pero llegó un fatídico día, se pudiera decir que “estaba cantado”:  un gran empujón, una mala caída al finalizar el tramo de las escaleras y allí terminó la trayectoria terrenal de Clara.

 No lo podía creer, le sucedió lo que alguna vez pensó que era pura leyenda: se vio a sí misma, separándose de su marchitado cuerpo, esa materia que ya no importaba… Un gran resplandor y al fondo de esa luz cegadora, allí estaba: su madre abrió los brazos, como esperando fundirse y entrelazarse con ella y cuando le faltaban muy pocos pasos para alcanzarla, observó cómo se sentó en la mecedora.

Cuando por fin pudo llegar hasta ella, se acurrucó en su regazo, disfrutando de una sensación placentera jamás imaginada y escuchando abrazadas “Claro de Luna”, emprendieron un viaje que hacía tiempo deseaba.

https://www.youtube.com/watch?v=W2N5iyQuFWI

Mi recuerdo a todas las mujeres que sufren o han sufrido esta lacra, a quienes lo pueden contar, a quienes ya no van a poder y cuyo grito representamos y también: a todas las madres ausentes que siguen presentes.

   @angels_blaus