“Claro de Luna”

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  Nació sin problemas, para ella fue fácil entrar en este mundo. Fue acogida con gran amor y alegría, sin un solo trauma. Con el tiempo y por aquello del yin y el yang, ese privilegio fue duramente compensado.

 Su madre se dormía escuchando “Claro de Luna” de Ludwig van Beethoven, sonata que ya disfrutaba cuando todavía estaba en el interior de su seno, porque todas las noches y tras maratonianas jornadas laborales, se reclinaba en aquélla mecedora de la abuela, esa reliquia que conservaban en la casa y mientras acariciaba y masajeaba la tripita que iba creciendo, ambas se deleitaban escuchando una y otra vez la misma pieza musical.

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Parecía que sabía que había llegado ese momento de relax absoluto, porque en cuanto su madre ocupaba la mecedora de la abuela, ella dejaba de retorcerse y dar pataditas y automáticamente se calmaba.

 Cuando por fin nació, asomó su carita sonrosada y aquéllos ojazos que ansiaban aprender, por lo que su madre no dudó ni un instante: se llamaría Clara.

  Y clara fue no solo su existencia, sino también su personalidad, tan diáfana como tranquila. Hasta que ya en ese trance de niña a mujer, se cruzó en su camino un individuo de los “reversibles”:  buenos por fuera y malos por dentro.

Se enamoró perdidamente de él, aunque fue un amor de juventud que pronto se esfumó al mediar distancia entre ambos, pues Clara, tuvo que marchar de la ciudad con su familia.

Pero a veces los designios del destino son inevitables y al cabo de diez años volvieron a coincidir:  él ya era un gran empresario, ella, profesora de música y en sus ratos libres tocaba el piano.

De nuevo saltaron chispas y tras un breve noviazgo, contrajeron matrimonio. Desde el principio, se percató de que todo en él era falsa apariencia: frente a su claridad, la oscuridad, frente a su sinceridad, los engaños, frente a su transparencia, la opacidad.

Llegó su primer hijo y tras las mentiras también el primer bofetón.  Dolió sí, ¡claro que dolió! pero mucho más dolió el insulto o la primera amenaza.

El mismo día que su madre partió con demasiada premura y con rumbo de solo ida, se enteró que estaba otra vez encinta.

Un escalofrío recorrió todo su cuerpo y se estremeció: la persona que más le quiso, marchó, mientras otra, ya estaba en camino. Se sentó en la mecedora con su pequeño y mientras se acariciaba el vientre escuchando “Claro de Luna”, sintió que su madre la tomaba de la mano y así se durmió.

Con la llegada de su segundo hijo, continuaron las vilezas, los bofetones e insultos, ya tenía una gran coraza, ya ni sentía dolor. Cuanto más se hundía, más notaba la presencia de su madre, a quien visualizaba en esa misma mecedora cada noche. Eso le reconfortaba: con la estampa de su madre, se sentía arropada y consolada.

Pero llegó un fatídico día, se pudiera decir que “estaba cantado”:  un gran empujón, una mala caída al finalizar el tramo de las escaleras y allí terminó la trayectoria terrenal de Clara.

 No lo podía creer, le sucedió lo que alguna vez pensó que era pura leyenda: se vio a sí misma, separándose de su marchitado cuerpo, esa materia que ya no importaba… Un gran resplandor y al fondo de esa luz cegadora, allí estaba: su madre abrió los brazos, como esperando fundirse y entrelazarse con ella y cuando le faltaban muy pocos pasos para alcanzarla, observó cómo se sentó en la mecedora.

Cuando por fin pudo llegar hasta ella, se acurrucó en su regazo, disfrutando de una sensación placentera jamás imaginada y escuchando abrazadas “Claro de Luna”, emprendieron un viaje que hacía tiempo deseaba.

https://www.youtube.com/watch?v=W2N5iyQuFWI

Mi recuerdo a todas las mujeres que sufren o han sufrido esta lacra, a quienes lo pueden contar, a quienes ya no van a poder y cuyo grito representamos y también: a todas las madres ausentes que siguen presentes.

   @angels_blaus

Publicado por

Àngels Blaus

Cada aprendizaje es un regalo, incluso cuando el dolor es tu maestro. Lucho a diario por mantener viva mi ilusión.

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