Clifford, mi gran perro rojo.

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CLIFFORD 13/04/2007- 13/11/2017

Junio 2007.

Mis hijos eran pequeños, a principios de año habíamos adoptado uno abandonado. En absoluto estaba previsto compaginar niños tan pequeños nada menos que con dos perros, mi trabajo y tantas otras tareas. Ya jugábamos con sus padres cuando coincidíamos con ellos y su dueña en el parque, le conocimos en la barriga de su madre, cuando descubrimos la buena nueva al verla tan gordita. Él fue el guarino, el tercero y más pequeño de la camada, y… Nos conquistó.

¡Qué locura! ¡Otro perro cuando el primero todavía era un cachorro! Pero nos decidimos y ahora doy gracias. ¿Cómo le llamaremos? Mi hija, por entonces, a menudo veía una serie de dibujos animados muy conocida que le encantaba y cuyo protagonista era un perro rojo gigante, tan grande como tierno. Lo tuvo claro:

“Se llamará Clifford, mamá”.

Diantres, pensé, cuando vaya al veterinario y le diga el nombre… Vamos, la antítesis a los de toda la vida: Toby, Chispa, Chiqui, Rocky, pero bueno, siempre tendría una explicación cuando me preguntasen:

“¿Cómo?

Sí hombre, como la serie de dibujos animados, la del perro rojo gigante”.

Desde el principio tuvo muy clara la jerarquía establecida. Había llegado el último y el boss era el otro. Entre tantas anécdotas que lo confirman, por ejemplo, siempre comía después, nunca utilicé dos cuencos, guardaban estricto turno, jamás hubo problemas, y cuando paseaban siempre hacían “panda”. Que el otro (el peleón y desconfiado), se envalentonaba, allá estaba Clifford de apoyo y refuerzo, y por la calle hacía honor a su nombre, porque una bolita que llegó a pesar ocho kilos, se crecía y crecía y a nadie ni nada temía. En esos momentos, siempre pensaba que mi hija no pudo elegir mejor nombre para él.

Fue juguete viviente, peluche, se dejaba disfrazar, mis hijos le ponían su gorro de Papá Noel en Navidad y en casa era tal cual: un peluche; silencioso, nada follonero, cariñosísimo, tranquilo, pero eso se transformaba cuando salía a pasear, porque entonces cambiaba de color y tamaño, como el de los dibujos animados, o como Hulk, pero en lugar de color verde, era rojo. Era el primero en recibirnos, el último en despedirnos, sabía y entendía perfectamente cuándo se venía o cuándo se quedaba.

No podemos devolverle toda la lealtad que hemos recibido, su eterna e infalible compañía, su inmenso y constante agradecimiento, su mirada limpia y profunda, esos ojos que hablaban, su colita que, como siempre repetíamos, parecía una zanahoria, tan expresiva, esa que delataba tristeza, alegría o estado de alerta, tan característica de los West Highland white terrier (terrier blanco de las tierras altas del oeste de Escocia), raza de personalidad muy marcada. No podemos, pero sí podemos dejar nuestro testimonio y nuestro pequeño homenaje.

Hace poco recordaba a mi tía Elvira aquí: París, siempre nos quedará París. ,uno de esos relatos que tanto me gustaba escribir contigo a mis pies, pues escucha: cuando entre nubes, ella, con su maleta clásica, esa del Rastro, viaje a París, la acompañaremos, como si viviésemos una de las aventuras de Tintín y Milú, al que por cierto, tanto te parecías.

Así que, Clifford, mi gran perro rojo gigante, has dejado un vacío también gigante pero del mismo tamaño es y será nuestro recuerdo. Concedo un gran valor a nuestro último año porque la providencia quiso que lo disfrutásemos como nunca.

Hasta siempre Clifford, espérame entre nubes, esas tan blancas como tú, sé que lo harás. Gracias infinitas por tanto recibido a cambio de tan poco: tu cuenco con tu segundo turno, tu agua limpia, tus revisiones y tus paseítos.

Se acortó tu agonía, se dulcificó tu partida. Hasta siempre mi pequeño gran perro.

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@angels_blaus

Mi pequeño gran titán.

 TITÁN- Frankfurt

Seguro que todos hemos conocido gente que parecía gigante, hurgas y todo filfa y al revés, sin olvidar por supuesto, a quienes son lo que parecen, tal cual. Pero volviendo a esos otros, con ambos te llevas la gran sorpresa, con los primeros por decepción, con los segundos, por grato descubrimiento y admiración.

Así era Miguel. Siempre fue el clásico sabio despistado, ese espécimen que parece que no esté pero siempre está, quien pasa desapercibido por ausencia aparente y consciente aunque siempre esté presente. Así era él.

 Tenía grandes aspiraciones pero jamás alardeaba de sus planes y proyectos y a la chita callando, “chino chano” avanzaba. Siempre prefirió ser cabeza de ratón a cola de león y a menudo recordaba una de las Fábulas de Esopo: la de la cigarra y la hormiga, porque él emulaba a esta última y mientras, muchas cigarras, que las más de las veces procrastinaban, veían cómo se afanaba en llenar su especial alacena, cómo devoraba libros, cómo nunca saciaba su voraz apetito intelectual.

 Con el paso de los años, esas cigarras le envidiaron, algunas le admiraron, y otras, simplemente le olvidaron, pero todo eso a Miguel le daba exactamente igual, él avanzaba, siempre avanzaba. Aunque no se descubriese a primera vista, era duro como una roca, trabajador incansable, lector impenitente, culto hasta decir basta si es que a alguien se le puede poner límite a semejante virtud.

  Pero la vida también le apaleó ¿quién no ha sufrido golpes?, se preguntaba, y él solo, a sí mismo se contestaba, quizá para consolarse. Tal vez, solo tal vez, en muchas ocasiones hubiese querido lanzar esa pregunta al universo y que fuese el universo quien se la devolviera con voz de mujer, tal vez… Pero él prefería seguir mirando al frente, sin más planteamiento que su absorbente trabajo y su dedicación y entrega a esa parte de su familia que la vida no le había arrebatado, la que quería conservar por encima de su propio bienestar. No quería lamentos, y si los tenía, siempre se le representaban a solas, o en lo más recóndito de su alma, esa que nunca o casi nunca quería mostrar. Reservado hasta la médula ¿por qué iba a hacer públicos sus momentos de desazón?, se volvía a cuestionar, y de nuevo, ¡ay! le asaltaba la fantasía: “Lanzaré otra vez la pregunta al universo y me la devolverá con nombre de mujer… Pero tal vez, solo tal vez”.

Eran ideas o pensamientos tan sumamente fugaces que apenas los retenía en su memoria, o al menos, eso creía. Trabajó en lugares distintos, y en todos, siempre fue hormiga, siempre cabeza de ratón, siempre avanzó con paso firme y cumpliendo con su deber. Finalmente pudo empezar a disfrutar de esa etapa que indefectiblemente tiene que llegar, de lo contrario ya se sabe cuál es la alternativa y esa… Esa ni mentarla. Es verdad que peinaba más canas, que su piel no era la misma, pero también que ello comenzaba a compensarle. Es el yin y el yang, el trueque existencial, la dualidad, esas fuerzas tan opuestas como complementarias: la vida te quita y la vida te da, solo hay que esperar.

 Gozaba de plena serenidad, ya era más prescindible para quienes fue durante mucho tiempo insustituible, se miraba más, se cuidaba más, se tocaba más, se quería más. Y en ese momento de éxtasis y plenitud vital, el universo, ese universo al que lanzaba preguntas y nunca le devolvía respuestas, de forma absolutamente inesperada, le correspondió y se las restituyó todas, una a una, sin olvidar ninguna. Quizá en esa concreta etapa le resultaba hasta casi indiferente que la voz tuviese género, pero sorprendentemente sí lo tuvo, de modo que el cosmos le devolvió esa voz, la misma que había escuchado tantas preguntas, y a veces, aunque le ruborizase admitirlo, también lágrimas y hasta llantos, y de golpe, cual genio invocado por Aladino, aparecieron en torrente todas y cada una de esas respuestas, secadas todas y cada una de sus lágrimas y callados sus llantos.

Hoy ha descubierto que lo que creía que no había retenido, lo tiene grabado en su memoria y esos pensamientos que creía fugaces, los tiene impresos a fuego. Ahora esa hormiguita hercúlea escribe pensamientos y reflexiones con la inmensa serenidad que le ofrece la veteranía y con la ilusión de dejar ese legado a los suyos.hormigas

 

La vida te quita y la vida te da,  solo hay que esperar.

Recordando a tantos… A quienes descubren porque más vale tarde que nunca, que es un error creer que tras el nido vacío ya no hay vida. Recordándole a él, a ella, a ti y a Ud. A quienes de repente descubren que no son invisibles y quieren exprimir hasta la última gota de su jugo.

A los gigantes escondidos,

a los Hércules agazapados.

A los auténticos colosos.

                                                                                  @angels_blaus

 

Quisiera ser tan alta como la luna.

LUNA

 Cuando Marina era pequeña, y vivía en un país en blanco y negro, más negro que blanco, solo existían regiones, después ya sabemos cómo pasaron a denominarse y cuando jugaba, sobre todo lo hacía en la calle. Saltaba a la comba, a la goma, o hacía un poco el bruto con el “churro, mediamanga, manga entera”, en el que solía deslomarse o deslomaba, ahí no había medias tintas, o castigabas lumbares ajenas o te castigaban las propias, pero ¿y lo que se disfrutaba?

  En clase y a la hora del recreo, las chicas solían jugar a juegos de chicas, como las tabas o los cromos, pero a la niña del blanco y negro, más negro que blanco, lo que más le gustaba era cantar y así, con sus amigas quedaba en su casa, que para eso era la más grande y con múltiples escondites donde poder divertirse con intimidad. Se las ingeniaban con el artilugio de madera que utilizaba su madre para hacer allioli en el mortero, e imaginaban que era un micrófono, y con ese teatrillo montado, palo de mortero en mano, cuando era un retaco y soñaba con ser alta, muy alta, cantaba:

Quisiera ser tan alta como la luna,
¡ay, ay!, como la luna, como la luna;
para ver los soldados de Cataluña,
¡ay, ay!, de Cataluña, de Cataluña.

 Con el paso de los años, mira por donde, se convirtió en una mujer alta, muy alta para su generación, y cuando recordaba la letra de esa canción no acababa de entender su significado. Tal vez lo único que se buscaba era su rima, o que fuese pegadiza, pero no podía evitar preguntarse: ¿qué tiene que ver ser alta para ver a los soldados de Catalunya? Y buceando, averiguó que es una canción muy antigua y que su letra podría guardar relación con la Guerra de Sucesión, que ya sabemos cómo terminó.

 En alguna época, la letrilla y esa cantinela le martillearon el cerebro y cuando sentía ese mazazo, una mezcla de sentimientos se le entrecruzaban. ¡Maldita sea! siempre defendió que tenía la mejor costa del país, y que particularmente, una de sus provincias era la más maravillosa, provincia que le traía gratos recuerdos, hasta el punto que de tanto en tanto, le asaltaba un perfume a tramontana que jamás olvidaría.

 Pero durante un tiempo le invadió la desolación, rabia, indignación, tristeza, impotencia, porque a menudo le atrapaban ideas fragmentadas. Ella que siempre había tenido pensamientos íntegros, no le cabía la parte, jamás pensó en porciones, tenía en su ADN un mapa absolutamente definido, con márgenes y fronteras que no le cabían por ningún otro lado. Sentimientos que eran recurrentes, como así era esa situación que no sabía canalizar, ella, tan optimista siempre, ¿Iba a permitir que se le apoderase el pesimismo? ¿Iba a consentir que su vida fuese otra vez en blanco y negro, más negro que blanco? No lo podía asumir, era imposible que quienes podían remediarlo no lo remediasen, no cabía mayor despropósito, pero cada vez se metía en un túnel más y más profundo y oscuro…

   Marina despertó sudorosa y con taquicardia, hiperventilaba, su ritmo cardíaco era tal que tuvo una sensación horrorosa. Se frotó los ojos, se incorporó muy lentamente de aquella maravillosa cama, separó su melena de la nuca, estaba empapada, procuró no despertar a su compañero que dormía plácidamente, y confirmó ya con los pies en el suelo, que se trató de una horrible pesadilla.

  Agosto de 2020: Marina sigue disfrutando de sus paradisíacas vacaciones en su hotel, tiene una habitación con vistas, las mejores, no quiere otras. Desde su ventana se deleita con su cala preferida en Begur: Aiguablava. Su compañero sigue relajado con su clásico libro entre manos, ella prefiere el ebook y de vez en cuando ojea Twitter: la vida transcurre con normalidad, alguna que otra mala noticia, como siempre, pero nada alarmante. Menos mal que lo de esta noche ha sido una terrible pesadilla, pensó. Hacía muchos años que no las tenía.

  Tranquilidad, relax. En 2021 volverán al mismo hotel, estará todo en el mismo lugar y harán el mismo recorrido, tal vez hagan alguna escapada a la costa azul, ¡tienen tan cerca La Jonquera!

  Finaliza el verano de 2020, ¡el tiempo pasa volando! ya han hecho la reserva para el próximo año: 2021, y volverán renovados a sus destinos, como es habitual. Todo fue un mal sueño tan absurdo que hasta le dio vergüenza comentárselo a su compañero, él sigue leyendo apaciblemente. Marina no puede evitar asomarse cada dos por tres a su ventana con vistas, cuando su retina se recrea con ese azul verdoso, único e incomparable, a veces, hasta se le escapa alguna lágrima… Pero ¡bueno! ¿A qué viene emocionarse? Y habla sola. No te preocupes Marina: llora, ríe ¡Siente!

                                                                  @angels_blaus

 

París, siempre nos quedará París.

PARÍS

  Escuchando música francesa y viendo imágenes de una de las capitales del mundo que más me gustan, inmediatamente tuve uno de mis flashback, y me acordé de ella.

Mi tía Elvira, tía abuela para más señas, había nacido en una aldeíta de Teruel, pero en busca de mayor calidad de vida, sus padres y sus cinco hermanos se trasladaron a Valencia. Cuando nació, todavía no había finalizado la Gran Guerra, y pronto vendrían los “Años Locos”, que en nuestro país, distaban mucho de ser felices, con una sociedad muy rural y todavía poco industrial, con mucho proletariado y unos cuantos señoritos que eran los amos, los p….. amos como ahora dirían mis hijos y/o sus amigos. Después vino la crisis de 1929 y los aciagos años posteriores que ya conocemos.

En aquélla época ya se sabe lo que pintaba la mujer y cuál era su único designio, de manera que habiéndose casado todos sus hermanos y siendo ella la pequeña, sí o sí tenía que espabilar. Y por si no fuera poco la época y sociedad que le tocaron vivir, se tuvo que enamorar del malote del pueblo, (vivía en una ciudad cerca de la capital), y naturalmente se casó con él. Ni un mes duró su encantamiento porque pronto se dio cuenta de que ese sapo “revenío”, como se dice en Albacete, nunca había sido príncipe, y mira que algún bienintencionado le hizo sutiles advertencias, pero es que no había otra, tocaba casarse.

Demasiados años duraron los malos tratos, no solo físicos, también psicológicos, y harta estaba de querer denunciar y que la mandaran a casa porque tocaba ajo y agua, pero cuando ya era la mofa y sorna de todo quisque porque “la otra”, no era ni siquiera la querida de postín de las de la época, sino una mujer fatal, de las que por entonces se decía que se dedicaba a la mala vida, entonces ya se tuvo que plantar.  Y claro, encima de cornuda, apaleada y nunca mejor dicho (o peor, según se mire), porque el escándalo fue mayúsculo, o sea, además de haber sido maltratada, vejada, humillada, para más inri y por dar el paso, la malota fue ella. Así que, en una época en la que los españoles emigraban tanto o más como ahora nuestros jóvenes, cogió su petate y a París se fue.

Era obvio que cuanto más lejos mejor, pero se fue a París sin estudios y casi con lo puesto, y lógicamente solo tenía dos alternativas, descartada la primera, optó por ser empleada de hogar, pero qué narices, entonces eran chachas, las Gracita Morales de las películas, y oiga, a los franceses les molaba un montón tener una chacha española. De francés no sabía ni “papa”, hasta el punto que al principio se entendía casi con lenguaje de gestos y signos, pero poco a poco fue defendiéndose. Aquélla casa en la que servía, sí que era una casa de empaque, y ¡tanto que lo era!  Y ella que no pudo tener hijos, prácticamente crió a los cuatro de los “señores”.AA Gracita Morales portada revista3

El año que podía visitarnos en navidad, siempre nos repetía que los “señores” comían quesos de postre, muchos quesos y que las chicas utilizaban anticonceptivos, y se llevaban a los novios a dormir a su casa ¡¡¡Oh mon dieu, quelle horreur!!! Mi madre casi se santiguaba y mi padre huía por la retaguardia para disimular, total que con su francés cómico, nos contaba cosas que nos parecían curiosísimas y que era increíble que sucedieran en tan lejana ciudad, porque para nosotros París era tan remoto como Singapur. Cuando finalizaba la navidad, se marchaba con su característica  maleta, como esas del Rastro que vi hace poco, y: “Au revoir ma tante”. Tras su ida, aterrizábamos en nuestro planeta, era la España setentera, nada que ver con esas experiencias extraterrestres que ella nos contaba, ¡mira que tomar queso de postre! ¡Habrase visto! ¡Vamos hombre! Nosotros a inflarnos de vitamina c, que para eso mi padre tenía campos de naranjos.

Finalmente se jubiló y se refugió en su terreta y en el pisito que había podido comprar con sus ahorros mientras ejerció tantos años de Gracita Morales, ¡qué menos! Y ya con nosotros cada dos por tres, salía a relucir su tremenda vida, los quesos y los anticonceptivos que se tomaban las hijas de los señores, hasta que poco a poco se fue demenciando. Un buen día empezó a traernos cosas que sacaba de los contenedores de basura y no tenía más obsesión que regalármelas, imaginen mi cara, hasta que no hubo más remedio que ingresarla en un centro porque era más que patente que necesitaba controles y cuidados especiales. Una noche, ya con noventa y dos años, nunca más despertó.

Allá arriba sigue viajando a la ciudad del amor, no se quiere desprender de su maleta, esa tan típica, así que, tía, no te preocupes, cuando todos estemos entre nubes, te acompañaré, mi francés no es cómico como el tuyo, yo me defiendo, y podré traducirte, porque ¿sabes? Siempre nos quedará París.

Recordándola a ella y a todas las Gracita Morales de la época.

                                                          @angels_blaus

Otoño.

  Emma había tenido amores en las cuatro estaciones. Con el paso del tiempo, una tarde, cuando ya se veían las hojas caer, casualmente, escuchando una bonita canción de Joaquín Sabina, llegó por fin a ese convencimiento, y es que no había nada comparable con  los amores otoñales, por lo que decidió descartar definitivamente, los que surgían cuando el frío aprieta o el calor asfixia.

Ella, que había sido tan avanzada, ella, que siempre había nadado contra corriente, ella, que alardeaba de su autosuficiencia, que tantas veces había navegado entre dos aguas, y muchas, entre grandes marejadas, ella, a la que le habían repetido cual gota malaya, que todo no se podía tener, sí, sí, esa, descubrió que, más vale tarde que nunca, que un amor maduro no tiene parangón, que nada se asemeja a la complicidad que surge aun cuando esta supere con creces a la pasión.

Y es que, cuando el sosiego logró invadir su ritmo y su rutina, mientras se regocijaba en ese éxtasis que era muchísimo mejor que cualquier otra sensación, a la par que pensaba: ¡ya era hora diantres!, cuando ya muchos temas y congéneres le resbalaban, cuando logró convencerse de la realidad de tantas mentiras que habían presidido su existencia, cuando superó la estafa del siglo y aquellas cantinelas que estaban tan normalizadas, como ese retintín machacón: “quien bien te quiere, te hará llorar”, cuando logró enviar a lugares nada perfumados, todos esos clichés, tantos engaños y desengaños, en ese justo momento, surgió su amor otoñal.

Emma había sido vapuleada psicológicamente en no pocas ocasiones, pero fundamentalmente en una relación que la marcó como a un toro bravo de la mejor ganadería, cogieron un hierro candente y en todo el costado, marcaron sus siglas. Entonces no se sabía lo que era el maltrato psicológico, ella solo sabía que por más que otros le dijeran que era una mujer muy válida, en su casa, en su refugio, su pareja con sus actos, sus ninguneos y sus engaños, le demostraba todo lo contrario. Era su peor enemigo y ella no lo sabía. Hubo episodios dolorosísimos, tal vez uno de los más marcados con aquél fuego candente, fue la etapa de su embarazo, cuando literalmente se vio repudiada por quien era el padre de su hijo, hasta el punto que en lugar de verse bellísima, como están muchas embarazadas, o como así les hacen sentir, se veía monstruosa, no porque lo estuviese, sino porque se lo hicieron creer, tan es así que optó por renunciar a su lecho conyugal y así, a la par que empezó a dormir en otra alcoba, y en tanto crecía su deseado hijo en su seno, comenzó a pensar que todo había acabado.

Y así, poco a poco, su estado de ánimo que estaba por los suelos casi siempre, se empezó a parecer a una enfermedad crónica, se sentía como una muñeca rota, a lo sumo, según épocas, como una muñeca rota en su jaula de oro, pero siempre hecha añicos. Un buen día, tuvo el coraje de hacer tabla rasa, aunque pudo impulsada siempre por el apoyo de sus padres, sí, esa familia de la que él le había apartado, pero que nunca la abandonó. 

La apartó de su familia, de sus amigos, hasta el punto que solo vivía por y para él, algo que descubrió tarde y cuando lo hizo, siempre le consoló el consabido refrán: “nunca es tarde si la dicha es buena”.

¡Y tanto que lo fue! Cuando consiguió reunir toda la fuerza necesaria para hacer tabla rasa y partir de cero, comenzó a edificar una vida nueva, aun cuando siempre sintiera que aquella herida nunca terminaría de cicatrizar porque cuando le invadían los recuerdos, la herida supuraba, y no supuraba agua limpia, todavía estaba infectada, pero su única solución consistió en afrontar con naturalidad ese aciago episodio y dedicarse a ayudar a otras mujeres que habían pasado el mismo calvario. Era una mujer más empática que nunca y eso le reconfortaba.

Así fue como Emma logró recomponerse, con sus cicatrices, unas cerradas, otras no, pero lo logró, ese fue su gran triunfo y en esa etapa en la que la paz reinaba en su vida, esa paz tan ansiada y por fin alcanzada, precisamente surgió su amor otoñal, ese con el que se quedó para siempre, cuando el frío no aprieta ni el calor asfixia, cuando no todas las hojas caen porque las hay caducas pero también perennes.

     Lo venimos escuchando, leyendo, y los profesionales, también viendo. A veces, un insulto, las faltas de respeto, los continuos desprecios, los vacíos, los eternos silencios, duelen más que un bofetón, a veces, solo a veces, el maltrato psicológico es mucho más pernicioso y es tremendamente ardua la tarea que consiste en recomponer los añicos de la muñeca rota. Este tipo de maltrato es el más silente, el más difícil de probar y existe cada vez con más asiduidad en determinados sectores o capas sociales donde todavía reina la vergüenza y la actitud, educación y pensamiento incrustado,  enraizado hasta la última célula, aquello de que la ropa sucia se lava en casa, pero no por ser tremendamente complejo es imposible salir de ese círculo tan dañino. Toda mi empatía con quienes sufren este devastador mal.

       @angels_blaus

¿Todo tiene fecha de caducidad?

árbol hoja caduca

¿Uds qué creen? Yo creo que sí, aunque siempre te puedes amparar en la máxima: renovarse o morir, o en ese positivismo tan happy que hoy hasta resulta exacerbado: “Lo mejor está por llegar” (frase lapidaria donde las haya)… Ardua tarea pero no imposible y, aplicable a todas las facetas de la vida.

Cuando comencé a navegar por estas aguas turbulentas que son las redes sociales, me enamoré de ellas, hubo gente que me animó y los ha habido a quienes también yo he animado, sobre todo con el pájaro azul, pero tal vez, solo tal vez, todo tenga fecha de caducidad. Dicen los expertos (y efectivamente: ¿quién no lo ha experimentado?), que en una relación, tras la etapa de trastorno mental transitorio, llega el reposo del guerrero, esa etapa en que comienza la verdadera amistad y la auténtica complicidad, esa es la genuina y conseguir alcanzarla es lo complicado. ¿Cuántas parejas se separan tras la luna de miel, tras ese inicial trastorno mental transitorio cuya duración, algunos centran entre uno y cuatro años? “No es lo que creía, pensé que era completamente distinto a como es, me separo”.

Pues ahí, ahí estoy con las redes sociales. La cuestión es que pudiera parecer que no hay término medio, (el de la virtud). A primera vista, reduciendo mucho la reflexión, la situación se ubicaría en los extremos: o el ostracismo (entrecomillado) e invisibilidad, o bien, la excesiva exposición, con todas las consecuencias. Y es que ¿Por qué c……arajo nos podemos mosquear con quienes no conocemos? Y ¿Por qué c……arajo nos podemos mosquear con quienes sí conocemos? ¡¡¡Es completamente absurdo!!!  Algunos ubican el término medio en ese que yo asimilo a “la vieja el visillo”, véase la parodia de un conocidísimo humorista: “Estáis muuuu callaos, ¿no contáis ná?” Se corresponde con el individuo que se abre una cuenta para observar (que otro término me parece muy fuerte), está, pero como si no estuviese aunque naturalmente, se entera de todo.

Pero probablemente, más bien, diría yo, el término medio sea otro, pues entre la sobreexposición y “la vieja el visillo”, existe ese internauta comedido, prudente, el que revisa las veces que haga falta el tuit antes de darle a “intro”, pero mire, no me sirve para mantener el enamoramiento, porque a lo que iba: ¿Cuánto tiempo tardas en escribir en un chat? Y: ¿cuánto en hablar por teléfono?, ¿cuántos malentendidos se resolverían mirándonos a los ojos? Escuchando el tono de voz de tu interlocutor, observando los gestos, saludando con un buen apretón de manos, con un efusivo abrazo, o con dos besos bien  dados…

Por no tratar otro tema espinoso: el de la intimidad, falso de toda falsedad, como a menudo repetía un letrado que ya no está entre nosotros y al que yo admiraba. ¿Cuantísimos chats “privados” tenemos?: “Oye quién es @fulanito o @menganita, sí hombre (o mujer), es zotanita y su destino es perenganito”, eso, si no lo has dicho tú y con una simple captura se desvela el misterio nada misterioso, aunque admito que los hay que conservan el tesoro, y seguimos sin saber quiénes son (ahora mismo, en nuestro planeta jurídico, tengo en mente dos o tres muy “populares” y Uds seguro que también).

Pues en ese oleaje me muevo, entre la invisibilidad por hartazgo o desilusión, salir a pelo, sin seudónimo,  o mantener lo que ya no sé si es el término medio, porque me niego a encarnar a “la vieja el visillo”. Total, que no sé si el romance ha caducado.

En fin, las vacaciones las aprovecho como tantos. Dan para mucho: para cambiar de rutinas, divertirse, descansar, leer, dormir a pierna suelta, para escribir y también para reflexionar en voz alta.

                                                          @angels_blaus

 

A los ojos de muchos, los buenos pueden parecer ilusos.

 Cuando escuchamos: “fulanito o menganita” tiene taaaaaan buen corazón, o: “eres taaaaaan bueno”, en ocasiones se malinterpreta y se traduce como equivalente a iluso. Casi prefiero lo contrario o que se crea lo que se crea, no se diga con ese retintín que parece tener aquella traducción. Y es que es complicado saber dónde está el término medio, ese en el que mi madre ubicaba la virtud cuando discutíamos:  

“En el término medio está la virtud hija mía” 

 Muy bien mamá, pero ¿dónde está ese punto?

 

41H

Aristóteles decía que la virtud se puede aprender, no era algo innato, sino que era fruto de la libertad, siendo un hábito.

  Pues en ocasiones, esa buena costumbre puede girarse en nuestra contra y me revienta esta conclusión. Por otro lado, en esencia, el hombre bondadoso es quien responde al perfil de quien posee lo que siempre hemos conocido como las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Difícil ¿verdad? ¿Puede un cúmulo de continuas decepciones erradicar nuestras ilusiones?, ¿cortar nuestras alas?, ¿nuestra tu pasión? Supongo que puede, pero sería ideal lo contrario. Ese es el discurrir vital: arriba y abajo, abajo y arriba y vuelta a empezar, pero cuando se vuelve a comenzar, ello también va unido a un deseo: no volver a escuchar: “¡es que es taaaaaan bueno!”. La frasecita de marras se puede decir también para zaherir a quien la recibe; en otras ocasiones, es el corazón quien la dicta y se dice con sinceridad y sin dobleces.

 ¿Creen que los que tienen tan malas pulgas son más respetados? Yo creo que no, a veces, simplemente se huye de ellos, lo que puede parecer respeto es todo lo contrario, nos alejamos o apartamos de quienes hoy se tildan de “tóxicos”. De todas formas, últimamente como que me decanto por menos “buenismos”. Así que… Nunca es tarde si la dicha es buena.

 

@angels_blaus