“Mujer de las mil batallas”

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  Así reza una bella melodía. Su madre se llamaba Valentina, ¡precioso nombre¡ (“valerosa, que tiene salud”). Era una mujer de las que siempre se ha dicho de “rompe y rasga”. En su casa llevó las riendas en todo momento, era ella la que tiraba del carro y los demás, como suele suceder, iban a remolque.

   Enerva que exista ese reparto de papeles, pero está comprobado: cuando alguien por costumbre lleva la iniciativa, el resto se relaja. Esa asunción se suele traducir en que el sobreesfuerzo, con el tiempo pasa desapercibido y a la postre, no se valora.

    Cuando se quedó embarazada y supo lo que “llegaba”, decidió que se llamaría como ella: Valentina porque como dicen allende los mares, si “corajuda” era su madre (pensó), corajuda sería su niña.

   Y nació Valentina en una época en que ya se podía atisbar ciertos aires de libertad. Pero no siempre se corresponde todo con lo esperado, imaginado o deseado.

   Valentina fue una niña dócil y sumisa, acostumbrada a que su madre apagase cualquier conato en sentido contrario por su fuerte y dominante carácter. Su familia era de las acomodadas, muy encorsetada y prototipo de una determinada época.

    Tuvo pocos novios y todos tuvieron que pasar por el previo y minucioso examen de sus padres. Huelga decir que ninguno era del agrado de su madre.

  Decidió estudiar Derecho y así siguió la tradición familiar: su padre era un afamado Letrado y terminó su carrera con un brillante expediente académico.

   Ya con su título, quiso continuar estudiando. Su decisión no era sino el principio de un largo camino y así se preparó oposiciones para ingresar en la Carrera Diplomática. Preparación durísima, con una primera fase de oposición y varios ejercicios, y una segunda a modo de curso selectivo, ya en calidad de funcionario en prácticas.

   Pasó casi tres años sin ver la luz del sol. A menudo bromeaba su madre diciéndole que su única luz era la del “flexo”  y era cierto: aquéllos flexos tan antiguos y que al cabo de los años cada vez que los veía, le trasladaban a esa dura etapa.

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  No había verano ni vacaciones de semana santa o navidad, los “puentes” ni sabía que existían, solo tenía un día de descanso semanal. Podía elegir entre sábado o domingo, jornada en la que se suponía que tenía que desconectar casi por prescripción facultativa, pero difícilmente podía separarse de su mundo de apuntes y códigos.

Sacrificó amigos, sacrificó muchas cosas, incluso sacrificó a quien pensó que pudo haber sido el amor de su vida. Solo se dedicaba a estudiar y cuando se le planteó como disyuntiva la de elegir entre él o sus oposiciones, eligió oposiciones. Vivía completamente aislada, su mundo se redujo a: apuntes, códigos, padres, padres, códigos y apuntes.

 Y consiguió ingresar en la Carrera Diplomática. Ese día fue uno de los más felices de su vida si no el más feliz y asumió una altísima responsabilidad, nada menos y nada más que representar a su Estado allá donde fuese destinada.

 Había tonteado con un compañero que también acudía al mismo preparador, quien finalmente abandonó las oposiciones y se dedicó a otros menesteres. Surgió el reencuentro y algo se movió en ella: aunque él era frío y distante, a Valentina siempre le atrajo, así que si ya había conseguido su meta, solo le faltaba fundar una familia “tradicional” para cerrar el círculo.

  Mientras hacía sus prácticas, formalizaron la relación. Nunca demostró estar demasiado enamorado, pero ella absolutamente inexperta, tampoco quiso reconocer lo que parecía vislumbrarse, al fin y al cabo era mujer y no se conformaba con haber alcanzado su meta profesional, quería algo más y ello, en contra del criterio de su padre, quien tuvo que ser un avanzado en ese aspecto porque siempre pensó que la “niña de sus ojos” se bastaba y sobraba.

 Como dice un entrañable amigo del que preservo su identidad, los opositores tienen una adolescencia que puede parecer interminable, realmente se despiden de ella cuando aprueban. Se enfrentan al exterior (¡Anda, vaya descubrimiento, hay vida más allá del flexo! ), con “mucho código y poca vida” y eso les hace especialmente vulnerables.

 Es como si hubiesen sufrido un bloqueo, como si su vida y otro tipo de emociones se hubiesen paralizado el día que reducen su existencia a apuntes y padres, padres y apuntes, con lo cual cuando aprueban, realmente no han hecho el mismo recorrido que otros de su misma generación y a veces acometen un “sprint” que puede resultar catastrófico.

 Es lo que le sucedió a Valentina: noviazgo corto y poca o nula experiencia vital en ese sentido. Cuando ya superó el curso práctico y otros requisitos, pudo serle asignada la Embajada de España en Londres.  Nada impedía avanzar y dar el siguiente paso: contraer matrimonio. Es verdad que él nunca fue efusivo, que incluso en ocasiones pareció manifestar lo que podía traducirse como una especie de celos profesionales hacia ella, pero ¿por qué y para qué plantearse nada más?

 Pertenecía a una generación en la que el papel de la mujer seguía viéndose incompleto si no le acompañaba el consabido rol de madre y esposa, y muy condicionada por esos prejuicios, dio el paso, aunque a decir verdad, siempre huyó del temor que desde un principio le invadió, pero no quiso ver, no quiso pensar, ya estaba planificado: se casaron y lo celebraron por todo lo alto. Tras el banquete se desplazaron a un hotel de donde partirían al día siguiente para emprender su luna de miel, que en realidad resultó ser luna de hiel.

 La mejor suite fue para ellos. Él había bebido lo suficiente para estar muy eufórico pero no lo bastante como para no dominar la situación y antes de finalizar esa primera noche, Valentina recibió su primer empujón y zarandeo aderezado de humillaciones. Surgió una conversación relacionada con el inminente traslado a la Embajada y él, como suele sucederle a estos tipos, se encendió de forma irracional. Reaccionó igual que cuando un niño que ya ha conseguido su mejor juguete, compite con otro que tiene el mismo: eran celos, celos que ya no se iban a contener.

 No es complicado imaginar el sinuoso camino que allí emprendió Valentina, las cartas escondidas bajo manga se mostraron boca arriba por su marido desde el mismo momento en que atravesaron el hall del gran hotel donde durmieron aquélla primera noche y a esa noche, le siguieron otras muchas similares.

 Durante demasiados años fue incapaz de romper con ese círculo vicioso, siempre condicionada por una sociedad todavía muy marcada por una división de roles distintos a los que ellos en realidad tenían, por eso parecía que daba un paso atrás y se dejaba eclipsar por su marido. Era él quien llevaba la voz cantante y claramente la relegaba a la vez que Valentina consentía, entre otras razones, porque más valiese que así fuese por su propia integridad.

 No fue sino pasados casi veinte años, cuando finalmente y arropada por amigas a través de las cuales se integró en una asociación, dio el paso que supondría la obtención de su ansiada carta de libertad: denunció y mantuvo su posición hasta el final.

 Más vale tarde que nunca -pensó- , lo mejor está por llegar, y desde entonces, saborea la vida como si solo existiese el preciso instante, esforzándose para que cuando llegue su otra hora no se pueda decir que no vivió al menos desde que obtuvo el salvoconducto para su libertad y no solo saca el máximo partido de todas y cada una de sus situaciones diarias, sino que se dedica a ayudar a mujeres que han recorrido o están recorriendo idéntico tortuoso trayecto.
¡Por fin vive a su manera!

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No existe un perfil de mujer maltratada. Cuando hace años escuché semejante patochada pensé lo mismo que pienso hoy. Nadie está libre de sufrir esta lacra, sea pareja, expareja, hija, hermana o madre, si nos centramos más allá y ampliamos el margen al cerco doméstico. Nadie. Hay muchas mujeres con elevada formación que ocultan más si cabe, su sufrimiento porque creen que todavía va a existir más incredulidad o incluso sorna, en torno a esa situación y piensan que por un sector  e incluso por parte de su propio círculo, no se va a entender que precisamente, habiendo podido salir desde el principio por sus medios económicos, no lo hayan hecho frente a mujeres que desgraciadamente carecen de aquéllos, pero la solución no es matemática (para unas fácil, para otras todo lo contrario).
Existe la dependencia emocional, existen los prejuicios, existen muchos miedos, existe la hipocresía social y sigue muy vigente esa creencia de que “la ropa sucia se lava en casa” como si resultase vergonzoso y vergonzante manifestar las miserias, miserias de las que ellas son únicas víctimas.

 Aquélla creencia es errónea: hay un único camino y el camino es denunciar. A partir de ahí, solo cabe confiar en el sistema y  en los expertos, a quienes se debe acudir para rehacer y restaurar casi artesanalmente tantos fragmentos rotos.

 Este relato pretende ser un cántico a la esperanza sin la cual nada tendría sentido.

 “El mismo río de vida que circula por mis venas noche y día, circula por las venas del mundo y canta, en lo hondo, con pulso musical.

Y es una vida idéntica a la mía la que a través del polvo de la tierra alza su verde alegría en innúmeras briznas de hierba, y estalla en olas tiernas y furiosas de hojas y flores.

Y la misma vida, hecha flujo y reflujo, mece al océano, cuna del nacimiento y de la muerte.

Mis sentidos se exaltan al tocar esta vida universal.Y siento la embriaguez de que sea en mi sangre donde en este momento palpita y danza el latido de la vida que huye a través del tiempo”

Rabindranath Tagore.-

             @angels_blaus

Publicado por

Àngels Blaus

Cada aprendizaje es un regalo, incluso cuando el dolor es tu maestro. Lucho a diario por mantener viva mi ilusión.

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